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miércoles, 25 de agosto de 2010

Heródoto y la Libertad


Un famoso pasaje de Heródoto me dejó cautivado anoche. Digo que es famoso, porque en el se explica sucintamente la superioridad moral de las comunidades libres frente a las sometidas. Este es otro de los temas que para los antiguos es axiomático, cuya prueba más espectacular es el resultado final de la guerras entre la confederación de ciudades griegas independientes contra el gigantesco Imperio Persa. El pasaje de Heródoto sigue a continuación del relato de la revolución democrática en Atenas, y de las reformas de Clístenes que llevaron a la abolición de la oligarquía, durante la última década del siglo VI a. C. El pasaje sigue:

"Entonces Atenas avanzó de fortaleza en fortaleza, y probó, si las pruebas fueren necesarias, qué cosa más noble es la igualdad ante la ley [ἰσονομία], no sólo en un respecto, pero en todos; pues mientras fueron oprimidos bajo tiranos, no tuvieron ningún éxito en la guerra como ningún otro de sus vecinos, más, una vez el yugo fue lanzado, probaron ser lo mejores guerreros en el mundo. Esto muestra claramente que, mientras estuvieron reducidos por la autoridad, ellos deliberadamente esquivaban el deber en el campo, como los esclavos esquivan el trabajo ante sus amos; pero cuando la libertad fue ganada, entonces cada hombre entre ellos estaba interesado por la propia causa" (Heródoto: Historias: V: 78).

Este hermoso pasaje es una demostración temprana de la magnífica sabiduría política de los Antiguos. Como la molicie de la paz desencadena debilidad o la fortuna que gira ante los más inesperados acontecimientos, la idea de ciudadanos libres en armas es una idea fija en el pensamiento democrático (y republicano), en la tradición clásica. El sentido del deber inspirado en la libertad de la igualdad (la igualdad ante la ley, la verdadera y única igualdad sustancial) hace de los comunes transeúntes en temibles patriotas. El sentimiento que llevó a las colonias inglesas de Norteamérica a derrotar definitivamente a los ejércitos profesionales de la Corona, o los ciudadanos franceses que marcharon por toda Europa bajo el mando de Napoleón, o el patriotismo inagotable de los soldados de Bolívar que, provincia tras provincia, iban destruyendo los residuos del tiránico Imperio Español, el valor y la convicción de un ejército de ciudadanos orgullosos de su país y de su libertad es una fuente de victoria que no tiene hasta ahora comparación.

Es por ello que yo insisto cada vez que se toca el tema: países como China no representan un peligro real a la supervivencia de Occidente. Un crecimiento abrumador del PIB, si no viene acompañado de una fiebre por la libertad, no se traduce en grandes victorias ni magistrales generales. Como Leónidas en las Termópilas, con un puñado de griegos detuvo por días a cientos de miles de persas, los Chinos y su nación de esclavos no tiene las condiciones espirituales para amenazar la existencia de nuestra cultura amante de la libertad. Un ejemplo de ello es el resultado de la Guerra de Vietnam, conflicto armado que para los Estados Unidos representaba una estricta lucha de intereses contra la Unión Soviética, mientras que para los vietnamitas representaba una guerra a muerte por la libertad. La desproporcionada superioridad de la gran potencia de poco valió contra un pueblo que lo dio todo por ser libre.

Amigos, la verdadera amenaza de Occidente, el motivo de su aparentemente inevitable disolución, es por causas internas. Porque ese amor por la libertad, ese orgullo en el patriotismo, esa convicción de superioridad, están dejando de existir. La desmoralización en tiempos de paz y su consecuente molicie, como tan tristemente lo demuestra el continente europeo, es el estado de cosas que está matando a nuestra civilización en un lento sueño aletargado.

sábado, 31 de julio de 2010

La sabiduría de los Antiguos y la estupidez de los Modernos

Tucídides, Polibio, Tácito: la demostración de que, fuera de lo tecnológico y estético, los Modernos no tenemos nada de novedoso. Al final somos la versión cristianizada de la experiencia política de los Antiguos. O al menos a esta conclusión he llegado con frecuencia cada vez que leo a los historiadores clásicos, lo cual me ha llevado a desarrollar la siguiente juicio: los Antiguos tenían una sabiduría política que nosotros los Modernos estamos muy lejos de poseer. Repito que hablo de sabiduría y no de conocimiento. Es decir, que sus nociones espontáneas y basadas en la experiencia histórica de cómo funciona la política y las formas de gobierno es en los autores clásicos mucho más desarrollada que los intentos ambiciosos y artificiales de la Modernidad de racionalizar la política, siempre con resultados parciales. Esto nos ha llevado a ignorar grandes temas, o incluso a descartarlos, que son determinantes en la política, y que para los Antiguos eran axiomáticos.

Para dar algunos ejemplos: un tema muy recurrente en la historiografía clásica es la Fortuna. Nosotros tenemos siglos ya, más o menos desde Hobbes, pero con insistencia incluso en Locke, Voltaire, Smith, y ni se diga de Marx y descendientes, etc., en la que nuestro pensamiento político se orienta exclusivamente en construir modelos racionales de justicia y estabilidad. Y es que todas las formas de progresismo han demostrado ser una falta de sabiduría verdaderamente vergonzosa. Creer que tenemos el control total de los factores que determinan la vida política de un pueblo y comunidad política es sencillamente ingenuo. Nunco lo hemos tenido, y la historia es una demostración de ello. Para los que lo siguen creyendo, todos nuestros sueños poshistóricos parecían estarse cumpliendo luego de la caída del muro de Berlín, hasta que dos aviones chocaron contra los edificios principales del World Trade Center en Nueva York, y la historia volvió a comenzar. Y los que hoy todavía creen que el mundo sigue un curso directo al desarrollo, se verán horrorizados ante la tragedia del oscuro y caótico futuro que espera a la civilización Occidental y sus dependencias asiáticas.

En cambio, los Antigüos estaban tan claros en el factor suerte, en el poder de la Fortuna, en su capacidad para doblar los acontecimientos, en imponer los giros más impredecibles en el desarrollo de las comunidades políticas, que un proyecto tan ambicioso y racional como el de la República de Platón concluye el libro X con Sócrates afirmando que tal forma de gobierno sólo es posible en el cielo y las ideas. Pero lo que para mí es el momento más sublime de la sabiduría de los Antiguos con respecto a la Fortuna de la política está relatado por Polibio. Dice el autor que, estando presente ante la destrucción de Cartago, nota que Escipión el Menor, el artífice de la destrucción de la archienemiga de Roma, está llorando. Polibio, siendo amigo personal de Escipión, le pregunta confundido cómo es que puede llorar en el momento en que le ha dado a su país la gloria y la victoria más grande de todas, y Escipión responde que llora por Roma, pues de la misma manera como Cartago en un tiempo dominó el mundo con su poder y hoy arde en las llamas, sufre por el día futuro en el que su ciudad también arderá. ¿Sueño de progreso y desarrollo universal? Jamás. Por el contrario, entendimiento profundo y realista de la historia y la política. Prueba de ello es que los romanos hayan deidificado a la Fortuna y pagado sus respetos a la que consideraban la fuerza más determinante del universo.

Otro tema que para los autores clásicos era prácticamente axiomático: el vicio y la degeneración que causan los períodos demasiado largos de paz, estabilidad y riqueza. Vemos este tema recurrir en buena parte de la literatura greco-romana y que para nuestras tradiciones de pensamiento político, tal idea resulta simplemente aberrante. ¿Por qué? Porque los Occidentales hemos estado soñando con un futuro de mentira. Hemos llegado a creer que el fin único y justificación última de la política es la construcción y preservación de un orden de estabilidad, prosperidad económica, fraternidad universal, donde las preocupaciones de la vida diaria se reducen a una escogencia entre placeres y diversiones. Qué pobres hemos sido. Precisamente para lo que nosotros hemos estado apuntando desde Hobbes es para los Antiguos el principio del vicio y la degradación, preludio de los peores desastres y las más grandes injusticias, como lo demuestra su historia una y otra vez, y la nuestra también; sólo que nosotros no queremos terminar de convencernos, por más evidente y aplastante que resulte esta realidad, de que todo aquello que creímo y añoramos no ha sido más que un sueño. El reino de Dios sólo existe después de la muerte (al menos eso si lo hemos entendido, aunque lamentablemente ha estado siendo desmentido los últimos trecientos años). Lo demuestra el hecho de que hayamos creado toda una corriente que no cree en el vicio, que lo desmiente, que relativiza toda realidad ética y atomiza en el individuo todo el poder soberano. Ideas superfluas que sólo han ayudado a esconder la cruel verdad: que el vicio es germen de la destrucción de la libertad y la degeneración de las formas de gobierno; que es el principio que nos hace escuálidos y ciegos ante las realidades políticas, algo que para los autores clásicos era mero sentido común. Eso está pasando hoy, y quienes lo advierten son señalados de reaccionarios y atacados de fascistas. Por favor... El vicio: toda degeneración de las costumbres que fortalecen las instituciones, y la consecutiva pérdida de la capacidad física y moral que nos permite defender y preservar las virtudes de nuestra forma de gobierno; entiéndase la libertad. Esto implica la incapacidad para identificar a los enemigos de nuestra forma de vida, y la ficción en la que usualmente vivimos de que la tolerancia de toda diferencia es justa y buena. Amenazas que incluyen un set de ideas que descompone esa misma forma de vida, para deformarla y hacerla irreconocible. Esto sucede en esos momentos de larga paz y prosperidad. Para los Antiguos era una tragedia clara y evidente. Para nosotros es el ideal último. Al final no va a hacer ninguna diferencia. Sólo quedarán los rastros de toda una civilización tonta que no identificó el germen interno de su propia desaparición. Y así concluirá nuestro papel en la tragedia.

domingo, 27 de junio de 2010

La Tragedia de los Cuatro Emperadores

Hay veces en que la historia resulta mucho más trágica que el teatro y la poesía. Uno de esos momentos es el año 69 d. C. Luego de la conspiración contra Nerón que se urdió para sustituir al tirano hedonista por un emperador anticuado, Galba, el Imperio Romano colapsa en guerra civil por un plazo de un año. La muerte de Nerón trajo consigo un acontecimiento nuevo para el imperio: si bien ya había un precedente en Calígula de que los Césares podían ser sustituidos, hasta ahora sólo se había demostrado que en la dinastía Julio-Claudia, descendientes de Octavio, el pueblo y las legiones encontraban una legítima fuente de autoridad. La muerte de Nerón y su sustitución por Galba, de la familia Sulpicio, presentó un fenómeno político característico: la quiebra de la unidad de la legitimidad de la autoridad. En consecuencia la siguiente pregunta hecha por otros hombres poderosos del imperio, "¿Si Galba puede ser emperador, por qué no yo?" Esta pregunta no se la podían hacer en la época de la dinastía Julio-Claudia. Había un motivo por el cuál en esa familia residía el poder de los Césares: eran descendientes del divino Augusto. Con Galba ese argumento, punto fundamental donde se sostenía la autoridad legítima de los emperadores, desaparece.

En pocos meses un noble relativamente desconocido empieza a conspirar para arrebatarle el trono al envejecido emperador. Utiliza el poder corruptor del dinero para ganarse la lealtad de los soldados y centuriones emplazados en Roma, contrarrestándo el nuevo régimen de austeridad y "virtud" que la administración de Galba estaba tratando de imponer, política muy impopular entre una soldadesca acostumbrada a los lujos y licencias de los años de Nerón. El nombre de este ambicioso conspirador es Otón. Mientras tanto las provincias altamente militarizadas de Germania proclaman a su gobernador como verdadero y legítimo emperador: Vitelio. En las provincias de oriente el rumor del liderazgo de un general muy popular, Vespasiano, comienza a recorrer el mundo helénico.

El inicio de la tragedia: pocos días después de que la noticia de la rebelión de las legiones de Germania llega a Roma, Otón orquesta un golpe de estado magistral, en el que, con la ayuda de un grupo de sediciosos centuriones, se hace con el campamento militar en las afueras de la ciudad, y gracias a la confusión producida en el bando imperial, los conspiradores atrapan a Galba y a toda su corte en el Foro, y en una demostración de impiedad no antes vista en la ciudad, son asesinados por los soldados ante la mirada de los ciudadanos y de los templos de Roma. El Senado, aterrado (como siempre), proclama a Otón como nuevo emperador, y declaran la guerra a Vitelio, cuyas legiones marchan hacia el sur, dirección a Italia. El resultado en los próximos meses se ve venir. La superioridad moral y material de las legiones germánicas se imponen sobre las suavizadas tropas de Italia, y en una campaña que se desarrolla en el valle del Po, los generales de Vitelio derrotan aplastantemente a los ejércitos oficiales. Otón, aunque su causa no está del todo perdida, en un ataque desgarrador de desesperanza se suicida en contra del clamor de sus soldados, clavándose en el pecho una espada. La corte hedonista de lo que parece ser un nuevo Nerón, Vitelio, se traslada lentamente hacia Roma, entre espectáculos de gladiadores y desfiles militares a medida que transitan por cada ciudad del norte de Italia.

La administración de Vitelio sólo demuestra ser una serie consecutiva de errores y negligencia. En el Este la indignación entre los cuadros altos y medios de las legiones se hace sentir. Vespasiano, el héroe de las guerras en Britania, y ahora en Judea, es proclamado Emperador, primero en Alejandría, luego en el resto de las ciudades del oriente helénico. Una guerra aún mayor es preparada, con el uso masivo de los recursos de Oriente para dirigir una flota que monte un cerco a la península italiana. Y aunque caudillos y reyesuelos de frontera, como los dacios, el reino del Ponto y algunas tribus germánicas, aprovechan para rebelarse contra el dominio de Roma, en poco tiempo son reducidos. Vespasiano moviliza todas las fuerzas desde Iliria (actual Dalmacia), hasta Siria, y prepara una invasión de Italia desde el noreste. La indolencia de Vitelio es difícil de creer, utilizando de su prestigio como emperador (curiosamente se niega a recibir el título de César), vive en banquetes y orgías, alimentando sus vicios, entre los cuales está el de una gula incontrolada (Vitelio sufría de obesidad). Sin duda el más patético de los personajes de esta historia, un emperador sin experiencia militar, que asumía la autoridad suprema del imperio más grande habido en el Mediterráneo para disfrutar como un esteta decadente. Sordo a las advertencias más prudentes y abierto a los elogios más arrastrados, Vitelio no sabe cómo detener la marcha de las tropas de Vespasiano. De tal manera es traicionado hasta por sus más cercanos colaboradores, que al cambiarse de bando lo dejan abandonado en la inmensidad de un palacio de los placeres. Su general de mayor confianza, Valens, hace todos los esfuerzos, pero en definitiva es derrotado, capturado y ejecutado.

Cuando las legiones de Vespasiano, comandadas por Antonio, montan cerco a Roma y la toman por la fuerza, Vitelio en su desesperación no sabe que hacer. Había intentado abdicar; sus tropas no se lo permitieron. Se había escondido en la casa de su esposa; el miedo lo llevó a regresar al palacio imperial. Cuando entra en los pasillos y salones de su antigua residencia, el hogar de los Césares, ésta ha sido abandonada por sus colaboradores, libertos y esclavos. Hayamos la figura trágica de un emperador obeso corriendo, y probablemente en llanto, pidiendo a gritos el auxilio de una corte que se había desvanecido de entre los lujos de un palacio abandonado, mientras las puertas de Roma están siendo derribadas por soldados romanos. En un escondite miserable, en una pequeña habitación sucia de algún sirviente, allí es encontrado Vitelio en lo más bajo de su conmiseración. Es arrastrado hacia afuera por un miembro de la guardia, enjuiciado publicamente y ejecutado. Dos son las versiones del final de su cadáver: arrojado a las aguas de Tíber o lanzado por las escaleras Gemonías del monte Capitolio.

Los despojos de la guerra incluyeron el saqueo y aniquilación de varias ciudades galas por la marcha de las tropas de Vitelio, la matanza de la corte de Galba en medio del Foro por los leales a Otón, la destrucción total de la ciudad de Cremona por las tropas de Vespasiano, y lo que parece más trágico a los ojos de Tácito, la quema total del templo de Júpiter en el Capitolio, el centro del culto más importante y antiguo de Roma, en medio del asedio de la fortaleza del Capitolio por tropas leales a Vitelio en contra de un grupo de nobles conspiradores liderizados por el hermano mayor de Vespasiano que se habían atrincherado en el monte. El año de los cuatro emperadores (69 d. C.) sorprende por su nivel de dramatismo y la repetición consecutiva de injusticias y violencias, y nos impacta como uno de los más trágicos de la historia de la Antiguedad: la masacre de Galba en el Foro, el suicidio de Otón en su tienda militar, la desgarramiento de Vitelio en el palacio vacío, y la definitiva victoria de Vespasiano sobre todos los demás. La guerra civil como el más trágico de los acontecimientos sobre un pueblo, y el pretorianismo cesarista como el fin lamentable de la libertad republicana.

Este texto está inspirado en mi reciente lectura de las Historias de Tácito.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Reflexiones sobre el destino


Hoy en día, y desde hace más o menos dos siglos, se ha puesto en duda que se pueda ser bueno y/o virtuoso. Al menos desde los escritos escandalosos del Marqués de Sade hasta ahora. La cúspide de este pensamiento es Nietzsche, sin olvidar que Marx y el hegelianismo de izquierda entra en este lote. El resultado inevitable es el nihilismo. El problema no es que personas en su individualidad asuman la vida atea y sus consecuencias nihilistas. La fe y la moral son, de lo que he podido reflexionar, manifestaciones del espíritu humano que se desencadenan en la misteriosa oscuridad del individuo. De allí que desde sus inicios el pensamiento liberal haya abogado por la libertad religiosa y moral. Al principio estas posturas no se llevaron a sus máximas consecuencias (el primero que ozó ver hasta donde se podía llegar fue el Marqués de Sade), ni en el siglo XVIII ni a principios del XIX. Pero son los hermanos materialismo-anarquismo-socialismo los que van a preparar el camino al nefasto nihilismo. Esto no lo contemplaron los primeros liberales como Tocqueville, quienes, en la defensa a ultranza de lo que entendían por derechos individuales, no comprendieron que desembocaban, en ultima instancia, en la autodestrucción nihilista. Este problema va a ser abordado con total seriedad por el talentosísimo intelectual francés, muerto hace ya 50 años, Albert Camus. El problema es el siguiente ¿Existe una respuesta al nihilismo que no sea nihilista?

Mi preocupación se resume en las consecuencias de una sociedad nihilista. En una sociedad que abandona la idea de Dios, de la moral religiosa y de la bondad cristiana. Repito nuevamente, es a cada quien escoger entre estos temas; de eso no hay duda. El problema es cuando la sociedad en su conjunto rechaza sus orígenes y abraza al nihilismo. Se entiende que en un tiempo esa moral cristiana haya sido justificación para una estructura de opresión cruel e insensible durante el Antiguo Régimen y el predominio de la Iglesia Católica. Pero no confundamos las cosas. Una cosa es la corruptibilidad de los hombres y sus instituciones, y otra son los principios axiológicos de una religión milenaria. Abrazar la verdad de Cristo no implica aceptar la degeneración de ciertos gremios sacerdotales y sus ya exterminados aliados absolutistas. No se trata de defender a la Iglesia; se trata de defender a Cristo en la cruz, la imagen más potente de la historia.

¿Por qué le temo al nihilismo? No porque los nihilistas sean necesariamente personas malvadas. De hecho tengo amigos nihilistas que son personas maravillosas. Hablo de una sociedad nihilista, una sociedad sin Dios, que abandona la bondad, y se pierde en las impresiones ambientales y emocionales. Es el tema de los grandes personajes de Dostoievski; es Iván Karamázov comprendiendo que "si Dios no existe, todo está permitido". Es también la conclusión de Kirilov de que "si Dios no existe, yo soy Dios". La delicada consecuencia de estas reflexiones no es la libertad del individuo del yugo de un Dios castrador; es que, en vista de que no respondo ante ninguna verdad trascendente, tengo licencia para hacer lo que sea, sin límites, sin necesidad de remordimiento. En mi opinión, el fenómeno más monumental del nihilismo es el nacional socialismo con sus fábricas de cadáveres. Lo importante en este caso no es saber si Dios existe o no, si Jesús de Nazaret es el mesías o no (esas son cosas que no se pueden conocer con la razón); es si la sociedad en la que vivimos, en su conjunto, rechaza estas creencias, rechaza la fe y la bondad.

El nacional socialismo no es único, ni el primero. La ceremonia de ejecución pública en la Revolución francesa; las decenas de cabezas cortadas en nombre de un ideal de virtud que nadie, fuera de un pequeño grupo (Robespierre y Saint-Just), creía con verdadera convicción. "¡El Rey ha muerto! ¡Viva la República!" No es así de fácil. La consecuencia: violencia desatada. Sudamérica no se salva. Depuesto el rey (Fernando VII), la devastación y el caos subsiguiente significó más de una década de guerra y masacres, y un siglo de caudillismo salvaje. La Guerra Civil Española y sus miles de inocentes ajusticiados de bando y bando de las maneras más absurdas. La muerte del zar de Rusia: décadas de totalitarismo inhumano, la muerte de millones. El problema de la deposición de nuestras monarquías no es sencillo. La idea de Dios estaba íntimamente vinculada con la idea del rey. Muerto el rey, muerto Dios (aunque los contemporáneos no lo notaran de inmediato). Es el fenómeno de la muerte de Dios el que desencadena el caos y la violencia. Matar al rey no significa necesariamente matar a Dios en tu corazón, pero significa desterrarlo de la sociedad. No se me mal interprete, hablo de la sociedad absolutista y su idea de Dios que heredó Europa y que fue repentinamente aniquilada en el transcurso entre los siglo XVIII y XIX. El nihilismo todavía era pequeño, pero lo suficientemente próspero para cobrar la vida de varios miles. No es sino hasta el siglo XX cuando el nihilismo demuestra sus consecuencias de manera horripilante, pues, fue cuando se comprendieron las consecuencias de que la revolución política implicaba una revolución espiritual sangrienta. El costo de la libertad europea ha sido la muerte de Dios. Por un lado la violencia de los que se rebelaron, y por otro lado la reacción natural de los que quicieron sostener lo existente. Ambos bandos han sido sujetos de violencia desmedida (liberales ateos y conservadores reaccionarios).

¿Qué queda para el futuro? El socialismo y todos los demás herederos del hegelianismo intentaron sustituir a Dios con el porvenir, con la historia, con una idea del progreso. Ese sueño se desvaneció y en el siglo XXI es pobremente defendido. ¿Qué le queda a la sociedad occidental, entonces? Está más claro que el crecimiento económico no responde las preguntas verdaderamente importantes del espíritu humano. ¿Será posible reconstruir una idea de esperanza para nuestra sociedad? Yo estoy buscado en el cristianismo la salvación de la que el mundo parece haberme privado. Pero yo soy sólo un pequeño mortal; no puedo evitar reflexionar sobre el destino de nuestra sociedad. Ya hemos visto lo que el nihilismo pudo causar en la industrializada Europa. Ya conocemos sus devastadoras consecuencias. ¿Nos podremos imaginar lo que el nihilismo va a significar en un país como los Estados Unidos? Ellos todavía permanecen inmunes, pero año tras año son diezmados como lo fue Europa durante todo el siglo XIX. ¿Qué consecuencias traerá para la humanidad que el nihilismo posea el espíritu del país más poderoso de la historia? ¿Las fábricas de cadáveres quedaran tontas al lado de lo que podría venir? ¿O todavía podemos creer que la esperanza se puede recuperar? Opino que de esto se va a trata el problema espiritual e intelectual de mi generación, todavía demasiado joven.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El último rey de Esparta.

Κλεομένης ο 3ος της Σπάρτης

Cleómenes III, (griego: Κλεομένης) fue rey de Esparta por 13 años entre los años 235 y 222 a.C. y llevó acabo una serie de reformas con el objetivo de regresar a su ciudad a aquellos años de grandeza de Leónidas y Lysander o a someter a los espartanos a un gobierno unipersonal.
¿Quién fue Claómenes de Esparta? Para algunos como Polibio fue un hábil tirano que derrocó el gobierno de los éforos y con un discurso demagógico que evocaba las glorias de la antigua constitución de Licurgo privó a los espartanos de su libertad, expropió a los ciudadanos ejemplares de sus propiedades, impuso leyes de educación contrarias a los tiempos que vivía el mundo heleno y arrazó el Peloponeso con guerras como un aventurero. Para otros como Plutarco fue un héroe de su patria que trató de revivir las glorias de antiguos reyes, derrocar el régimen de unos éforos que gobernaban a través de la corrupción y el vicio, reformar la moral pública que se había perdido entre el libertinaje de los placeres de un mundo griego sometido por las monarquías macedónicas. Para unos un tirano reaccionario contrario al espíritu de su tiempo, para otros un reformador virtuoso y valiente que hábilmente tuvo al Peloponeso bajo su control por un breve período de tiempo.
Hablo de Cleómenes porque está entre mis personajes antiguos preferidos junto con otros como Temístocles, Camilo y Escipión Africano el Viejo. ¿Por qué? No estoy muy seguro, pero debe tener que ver con el hecho de que buscó reformar el espíritu de libertinaje y decadencia de su ciudad y con los pocos recursos materiales de Esparta logró llevar la guerra dentro de las fronteras de la Liga Aquea y derrotar en batalla múltiples veces a los megalopolitanos, corintios, argivos, aqueos e incluso al Rey de Macedonia. En un mundo cuyas fuerzas se volcaban en su contra maniobró con sus escazas fuerzas para salir victorioso mientras la Fortuna se lo permitió. ¿Un aventurero? quizá. Pero aventureros fueron hombres como Carlomagno, Pizarro, Federico II de Prusia o Simón Bolívar. El recuerdo de sus conquistas y victorias descabelladas nos sorprenden cada vez que las contemplamos.
Cleómenes fue derrotado junto a su hermano en las colinas de Selasia a pocos kilómetros al norte de Esparta por Antígono de Macenodia. Estaba superado numéricamente y se enfrentaba al que para entonces era el ejército profesional más letal de la antigüedad. Se exilió en Egipto y vivió con sus más cercanos colaboradores y patriotas espartiatas en la corte de un rey afeminado y pusilánime: Tolomeo Filopátor. Siempre atento a los acontecimientos en el Peloponeso para retornar a su patria con sus mercenarios y retomar el proyecto político que la Fortuna no le permitió continuar. En la corte de un rey licencioso que le temía producto de sus vicios y complejos trató de ganarse el favor de Tolomeo para que le ayudara a retomar el poder en Esparta, pero los cortesanos del rey lo aislaron. Cleómenes murió con sus hombres en un intento de rebelión contra Tolomeo para escapar de Egipto. Eran doce espartiatas armados hasta los dientes corrieron una noche por Alejandría llamando a la rebelión en favor de Cleómenes, pero nadie acudió a su llamado. Rodeados por las fuerzas del rey y sin posibilidad de escapatoria todos cometieron suicidio antes de ser capturados por tropas egipcias.
Me pregunto por qué el recuerdo de Cleómenes es tan débil en nuestra cultura popular. Un rey de grandes ideas y ambiciones que luchó por retornar a su patria a sus antiguas glorias pero resultó vencido por la fuerza de sus tiempos y escogió una muerte honorable junto a sus hombres a ser humillado por las tropas de un rey despreciable. Escribo para honrar la memoria de un gran hombre que en la contemporaneidad pasa injustamente ignorado.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Poema Nostálgico


Cómo es que en vida se añora al pasado,

Cómo es que en vida se odia al Estado,

Revivo en mi mente a antiguo Plutarco,

Al viejo Polibio y al tirano de Octavio.

Despierto en presente sin honor ni pasado,

Sin victoria, sin lo bello, sin lo grande, sin lo honrado,

Siempre el dinero es el fin más añorado,

Las gestas pasadas en recuerdo se han quedado,

El dulce comercio en todo se ha engrandado,

Roma aplastada ante miserable Cartago.


Cuento mi historia sin ánimo ideologizado,

Frente a pantalla queriendo ser escuchado,

Soñando en el tiempo que ya se ha largado,

Maldigo la tierra que tanto se ha desarrollado,

La existencia sólo un rumbo ha tomado,

El letargo camino a la muerte sin retraso,

Entre vidas que sueñan belleza sin acabo,

Belleza de piel y hueso, no virtud, todo arrasado,

Y yo en el medio quedo impresionado,

Del mundo que hoy tan diferente ha resultado,

Que tanto se cree que a mejor se ha llegado,

Tanto que chillan que libertad se ha alcanzado,

Sólo el capricho se ha independizado,

Sólo el hedonismo se ha dogmatizado,

Olor a virtud se ha rechazado,

Y Dios con ella ha quedado enterrado.


Cuentan la historia Livio y Plutarco,

De un pueblo que ya tiempo se ha retirado,

Su recuerdo con grandeza nos han facilitado,

La historia contempla de orgullo y agrado,

La legión del grande Escipión Africano,

Que a Aníbal en Zamma haber enfrentado,

Y el dulce comercio cedió como esclavo,

Al poder imperioso de un pueblo soberano,

Cuyo principio supremo era el ser republicano.


Liberal y emotivo el mundo se ha degradado,

Compromiso y deber han quedado relegados,

República, tradición: han sido mutilados.

Yo; yo; yo soy lo que hay determinado,

Nosotros; nosotros; ya ni considerados

¿Quiénes somos nosotros los olvidados?

Los que en comunidad habremos querido ser engendrados,

Gente valiente que ni en peste ni en guerra huyan acobardados,

Que el dominio e imperio no los hayan avergonzado,

Pues de prueba les sirva que soberanos se han transformado,

Que los grandes y fuertes siempre han gobernado,

De llanto y queja se arropan los que han sido derrotados.


Los que la Fortuna ella ha privilegiado,

Ellos jamás han de rechazarla mal educados,

Más sólo aceptar su destino manifestado,

Señores, ciudadanos, ustedes han sido seleccionados,

La libertad se paga con defenderla inagotados,

A los pueblos esclavos sometedles sin cuestionarlo,

Como el Senado en los tiempos del imperio romano,

Cuando el brillante Barca los Alpes haber cruzado,

En nombre del comerciante y bárbaro Cartago,

A orillas del Trebia primero hubo triunfado,

Luego en el lago haber romanos asesinado,

Marchando impune por suelo italiano,

Incluso a Roma llegó a haber asediado,

Para en Cannas haber a los Cónsules aplastado,

Y ochenta mil jóvenes la muerte haber encontrado.


Levanten airados a un héroe vitalizado,

No tiemblen, no cedan, no sean derrotados,

No padezcan enfermedad de europeo cansado,

Eleven con gloria a su Escipión el Africano,

En la vida no todo es bienestar materializado,

Libertad de conciencia y colectivo organizado,

A la guerra marchad, estandarte recién elevado,

Si el otro es humano poco ha importado,

La historia no trata derechos humanos,

Fortuna concede paz al que ha conquistado,

Y a casa vuelve con trofeo muy bien remunerado.


Así Escipión en España hubo marchado,

Asdrúbal no pudo, y fue derrotado,

Aníbal e Italia: conflicto no solucionado,

El Cónsul Romano en África hubo desembarcado,

A bella Cartago, a ella hubo contemplado,

Y Aníbal marchó de Italia todo desalentado,

Los dos pueblos finalmente se hubieron encontrado,

En batalla final que todo determinó finalizado,

No fuera de Roma, gracias a Africano,

En desierto ambos generales ya determinaron,

La paz imposible por acuerdo humanitario,

Con sangre y victoria todo ha de ser aplacado,

La tormenta en un momento hubo acabado,

Cuando Escipión venció a Aníbal de Cartago.


Así acaba la historia de un pueblo derrotado,

Y de otro que en victoria el mundo ha conquistado,

Su recuerdo ha nosotros ha sido heredado,

Nosotros olvidamos y el hedonismo rescatamos.