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sábado, 31 de julio de 2010

La sabiduría de los Antiguos y la estupidez de los Modernos

Tucídides, Polibio, Tácito: la demostración de que, fuera de lo tecnológico y estético, los Modernos no tenemos nada de novedoso. Al final somos la versión cristianizada de la experiencia política de los Antiguos. O al menos a esta conclusión he llegado con frecuencia cada vez que leo a los historiadores clásicos, lo cual me ha llevado a desarrollar la siguiente juicio: los Antiguos tenían una sabiduría política que nosotros los Modernos estamos muy lejos de poseer. Repito que hablo de sabiduría y no de conocimiento. Es decir, que sus nociones espontáneas y basadas en la experiencia histórica de cómo funciona la política y las formas de gobierno es en los autores clásicos mucho más desarrollada que los intentos ambiciosos y artificiales de la Modernidad de racionalizar la política, siempre con resultados parciales. Esto nos ha llevado a ignorar grandes temas, o incluso a descartarlos, que son determinantes en la política, y que para los Antiguos eran axiomáticos.

Para dar algunos ejemplos: un tema muy recurrente en la historiografía clásica es la Fortuna. Nosotros tenemos siglos ya, más o menos desde Hobbes, pero con insistencia incluso en Locke, Voltaire, Smith, y ni se diga de Marx y descendientes, etc., en la que nuestro pensamiento político se orienta exclusivamente en construir modelos racionales de justicia y estabilidad. Y es que todas las formas de progresismo han demostrado ser una falta de sabiduría verdaderamente vergonzosa. Creer que tenemos el control total de los factores que determinan la vida política de un pueblo y comunidad política es sencillamente ingenuo. Nunco lo hemos tenido, y la historia es una demostración de ello. Para los que lo siguen creyendo, todos nuestros sueños poshistóricos parecían estarse cumpliendo luego de la caída del muro de Berlín, hasta que dos aviones chocaron contra los edificios principales del World Trade Center en Nueva York, y la historia volvió a comenzar. Y los que hoy todavía creen que el mundo sigue un curso directo al desarrollo, se verán horrorizados ante la tragedia del oscuro y caótico futuro que espera a la civilización Occidental y sus dependencias asiáticas.

En cambio, los Antigüos estaban tan claros en el factor suerte, en el poder de la Fortuna, en su capacidad para doblar los acontecimientos, en imponer los giros más impredecibles en el desarrollo de las comunidades políticas, que un proyecto tan ambicioso y racional como el de la República de Platón concluye el libro X con Sócrates afirmando que tal forma de gobierno sólo es posible en el cielo y las ideas. Pero lo que para mí es el momento más sublime de la sabiduría de los Antiguos con respecto a la Fortuna de la política está relatado por Polibio. Dice el autor que, estando presente ante la destrucción de Cartago, nota que Escipión el Menor, el artífice de la destrucción de la archienemiga de Roma, está llorando. Polibio, siendo amigo personal de Escipión, le pregunta confundido cómo es que puede llorar en el momento en que le ha dado a su país la gloria y la victoria más grande de todas, y Escipión responde que llora por Roma, pues de la misma manera como Cartago en un tiempo dominó el mundo con su poder y hoy arde en las llamas, sufre por el día futuro en el que su ciudad también arderá. ¿Sueño de progreso y desarrollo universal? Jamás. Por el contrario, entendimiento profundo y realista de la historia y la política. Prueba de ello es que los romanos hayan deidificado a la Fortuna y pagado sus respetos a la que consideraban la fuerza más determinante del universo.

Otro tema que para los autores clásicos era prácticamente axiomático: el vicio y la degeneración que causan los períodos demasiado largos de paz, estabilidad y riqueza. Vemos este tema recurrir en buena parte de la literatura greco-romana y que para nuestras tradiciones de pensamiento político, tal idea resulta simplemente aberrante. ¿Por qué? Porque los Occidentales hemos estado soñando con un futuro de mentira. Hemos llegado a creer que el fin único y justificación última de la política es la construcción y preservación de un orden de estabilidad, prosperidad económica, fraternidad universal, donde las preocupaciones de la vida diaria se reducen a una escogencia entre placeres y diversiones. Qué pobres hemos sido. Precisamente para lo que nosotros hemos estado apuntando desde Hobbes es para los Antiguos el principio del vicio y la degradación, preludio de los peores desastres y las más grandes injusticias, como lo demuestra su historia una y otra vez, y la nuestra también; sólo que nosotros no queremos terminar de convencernos, por más evidente y aplastante que resulte esta realidad, de que todo aquello que creímo y añoramos no ha sido más que un sueño. El reino de Dios sólo existe después de la muerte (al menos eso si lo hemos entendido, aunque lamentablemente ha estado siendo desmentido los últimos trecientos años). Lo demuestra el hecho de que hayamos creado toda una corriente que no cree en el vicio, que lo desmiente, que relativiza toda realidad ética y atomiza en el individuo todo el poder soberano. Ideas superfluas que sólo han ayudado a esconder la cruel verdad: que el vicio es germen de la destrucción de la libertad y la degeneración de las formas de gobierno; que es el principio que nos hace escuálidos y ciegos ante las realidades políticas, algo que para los autores clásicos era mero sentido común. Eso está pasando hoy, y quienes lo advierten son señalados de reaccionarios y atacados de fascistas. Por favor... El vicio: toda degeneración de las costumbres que fortalecen las instituciones, y la consecutiva pérdida de la capacidad física y moral que nos permite defender y preservar las virtudes de nuestra forma de gobierno; entiéndase la libertad. Esto implica la incapacidad para identificar a los enemigos de nuestra forma de vida, y la ficción en la que usualmente vivimos de que la tolerancia de toda diferencia es justa y buena. Amenazas que incluyen un set de ideas que descompone esa misma forma de vida, para deformarla y hacerla irreconocible. Esto sucede en esos momentos de larga paz y prosperidad. Para los Antiguos era una tragedia clara y evidente. Para nosotros es el ideal último. Al final no va a hacer ninguna diferencia. Sólo quedarán los rastros de toda una civilización tonta que no identificó el germen interno de su propia desaparición. Y así concluirá nuestro papel en la tragedia.

domingo, 25 de abril de 2010

El ser humano: lo metafísico. Unas palabras de Heidegger


En anteriores entradas he procurado introducirme en el tema de lo que hace al humano humano y lo diferencia de los animales. El tema no es espurio, especialmente en vista de concepciones darwinistas que reducen lo humano a mera biología, con la necesaria consecuencia de que lo que hace a un hombre mejor a otro son sus cualidades fisiológicas. Nunca se exagera cuando se combate esta visión biologicista del hombre. Y a propósito de mi anterior cuestionamiento sobre la naturaleza real del ser humano, leyendo Heidegger (¿Qué es llamado Pensamiento?) me he topado con estos párrafos de muchísimo valor pedagógico, que sirve para nuestra discusión. Traduzco:

"Si seguimos la tradición y llamamos los sensual "físico," entonces la razón, lo supra-sensual, es lo que va más allá de lo sensual, lo físico; en griego, "más allá" es μετά (metá); μετά τά φυσικά (metá tá fysiká) significa más allá de lo físico, lo sensual; lo supra-sensual, al pasar más allá de lo físico, es lo metafísico. El hombre concebido como el animal racional es lo físico excediendo lo físico; en resumen -en la naturaleza del hombre como el animal racional, está agrupado el paso de lo físico a lo no-físico, lo supra-físico: así el hombre en sí mismo es lo metafísico." (Heidegger: What is Called Thinking?: p. 58).

"Para recordarnos sobre la definición esencial del hombre, Nietzsche lo llama el animal todavía indeterminado. Esto implica: homo est animal rationale. "Animal" no significa sólo cualquier ser viviente; las plantas, también, tienen vida, sin embargo no podemos llamar al hombre un vegetal racional. "Animal" significa bestia. El hombre es la bestia dotada con razón. La razón es la percepción de lo que es, lo cual siempre significa también lo que puede ser y debe ser. Percibir implica, en orden ascendente: dar bienvenida e integrar; aceptar e integrar el encuentro; agarrar cara a cara; emprender y mirar a través -y esto significa hablar a través. En latín hablar a través es reor; en griego ρεω (reo) es la habilidad de agarrar algo y verlo a través; reri es ratio; animal rational es el animal que vive al percibir lo que es, en la manera descrita. La percepción que prevalece dentro de la razón produce y aduce propósitos, establece reglas, provee medio y vías, y afina a la razón a los modos de la acción. La percepción de la razón despliega mientras esta multiplicidad proporciona, lo cual es primero que todo y siempre una confrontación, una presentación cara a cara. Así uno puede también decir: homo est animal rationale -el hombre es el animal que confronta cara a cara. Un simple animal, como un perro, nunca confronta nada, no puede nunca confrontar nada en su rostro; para hacerlo, el animal tendría que percibirse a sí mismo. No puede decir "yo," no puede hablar del todo. En contraste el hombre, de acuerdo con doctrinas metafísicas, es el animal confrontador que tiene la propiedad de que puede hablar. Sobre esta definición esencial -la cual no es, sin embargo, nunca pensada más completamente hasta sus raíces -está entonces construida la doctrina del hombre como la persona, cuya doctrina puede ser a partir de aquí expresada teológicamente. Persona significa la máscara del actor a través de la cual su cuento dramático es dicho. Si es el hombre el percibidor que percibe lo que es, nosotros podemos pensarlo como la persona, la máscara, del ser." (Ibid: p. 61).

Dejo estas reflexiones de una de las mentes más iluminadas del siglo XX para la reflexión sobre nuestro tema. Si lo que diferencia al ser humano de los animales es precisamente esa cualidad metafísica, supra-sensual, lo que nos diferencia entre humanos es también metafísico, y las diferencias físicas, como la raza, la estirpe, o la salud, son irrelevantes e intrascendentes en cuanto a lo que se refiere entre humanos. Por ello, toda concepción darwinista del hombre, como simples cuerpos bilógicos, no nos diferencia de los caballos, lo cual haría a un hombre pura sangre mucho más valioso que un hombre mezclado. Esta idea ya tuvo sus expresiones políticas en el siglo XX, y todos sabemos cuáles fueron. Repito, nunca está de más denunciar esa idea reducida del hombre que parte de principios darwinistas.

sábado, 17 de abril de 2010

Dos Dogmas: Evolución vs. Creación

Desde hace más o menos un siglo un nuevo dogma ha surgido en la mente del hombre moderno occidental, lo cual no es más que una prueba adicional de que los occidentales somos dogmáticos y universalistas en nuestras pretensiones. Este nuevo dogma es la evolución. Hoy en día se utiliza para desacreditar a cualquier forma de creyentes en el mito de la creación (la palabra mito proviene del griego mythos, que significa "la palabra dicha", y que en principio no es contradictoria con logos, que significa algo como "conocimiento racional", aunque comúnmente se ponen estas dos palabras como opuestas). ¿Por qué es motivo de escándalo y burla el que alguien, especialmente si es una autoridad politizada, afirme su convicción en el mito de la creación sobre la teoría de la evolución? ¿No es acaso esta actitud otra forma de dogmatismo, ya no en las Sagradas Escrituras sino en el conocimiento científico? ¿Hasta qué punto las ciencias, que cada cierto tiempo se desmienten a sí mismas de manera recurrente, son hoy en día la base de donde todo el espíritu dogmático de occidente se construye? Yo he optado por darle mi voto de confianza a las ciencias, como técnica del hombre para controlar a la naturaleza; no necesariamente para conocerla por completo. Tal cosa no está del todo demostrada.

Ahora a lo que vamos, la evolución es hoy en día abanderada como una verdad absoluta e incontrovertible por los que creen en ella. Es casi una creencia religiosa. Sin embargo no se puede dudar de que existan pruebas contundentes de la evolución de las especies vivas de la tierra. Por este motivo voy a dar una breve explicación de por qué creo que el tema de la evolución del ser humano está totalmente desviada. No niego que la evolución sea una teoría plausible para explicar el estado actual de la naturaleza. Negarlo sería el extremo de la ceguera. Afirmarlo sería descartar buena parte del mito de la creación como se nos presenta en las Sagradas Escrituras. Dios no creó al mundo en siete días; lo cual vendría a ser la interpretación mitológica muy antigua del pueblo judío, mucho antes del milagro griego y del surgimiento del logos. Hasta aquí el argumento de la evolución parece aceptable. El punto clave está en lo siguiente: la teoría de la evolución de Darwin, biologicista en extremo, no puede explicar el surgimiento del ser humano como ser espiritual. Es decir, carece de todo contenido metafísico que explique el problema del sujeto de lo humano, y por ende nos deja como si fuéramos simples máquinas biológicas en estado de constante evolución. Esto contradice la propia experiencia de nuestra existencia subjetiva, el hecho de que tenemos conciencia de sí. Biológicamente se puede explicar la naturaleza humana, pero no al espíritu humano, que queda por completo descartado en el análisis evolucionista, como si no existiera. Amigos, esto no es más que un prejuicio cientificista. La ciencia no demuestra ni refuta absolutamente nada que tenga que ver con el espíritu humano. Tal tema sencillamente se le va de las manos. En principio ni siquiera se planteó que tal cosa fuera su objeto de estudio. Por ello, la creencia de que los seres humanos no somos más que primates, repotenciados cerebralmente a través de un proceso de evolución biológica, no sólo no está ni cerca de ser demostrada, sino que no puede ser demostrada jamás, porque el brinco de la biología a la metafísica es algo que la teoría de la evolución no puede abordar de ninguna manera dentro de su método. De esta carencia metodológica inherente a la ciencia, a descartar automáticamente la existencia del espíritu humano, no es más ni menos que un prejuicio.

Mi respuesta a ello, y el punto en el que, como cristiano, rescato el mito de la creación como metáfora del surgimiento del espíritu humano, es que lo que nos diferencia de los animales, lo humano en sí, lo que ha sido llamado por los filósofos de distintas maneras (ser racional, animal político, ser moral, conciencia de sí, sujeto existencial, acción y discurso, etc.), es producto de un milagro creado y dado a nosotros por Dios. Si bien el universo tiene miles de millones de años siendo, y si bien la vida surgió en el planeta Tierra, y sólo luego de otros tantos millones de años de evolución biológica surgió en un animal lo humano en sí, no puede ser explicado por nada más que por un milagro. Ese salto de seres animales concientes absolutamente sólo del presente e inconcientes por completo de la noción del "yo", a una capacidad casi ilimada (en comparación con el estadio anterior de los animales) de nuestra mente, tener conciencia de nosotros como sujetos individuales y de los otros en tanto tales, del desarrollo de las artes hasta los niveles más sublimes, de la comprensión de la naturaleza hasta el nivel más abstracto y de la capacidad de pensar y formar ideas sumamente complejas, y en definitiva, la capacidad de ponernos en contacto con lo universal divino (con Dios), es un fenómeno totalmente milagroso que no se comprende de ninguna manera dentro de esquemas biologicistas. La típica explicación cientificista y psicologicista de las creencias del ser humano en entes divinos es que las culturas primitivas, que al no conocer nada de la naturaleza, utilizan a la deidad como sustituto, o a una necesidad ingenua de los individuos de tener fe en algo trascendental para darle sentido a sus vidas. Si se debe a cierto primitivismo cultural y psicológico, ¿por qué los animales, mucho más primitivos que nosotros, no sienten necesidad de lo divino y universal? ¿En qué momento de la evolución dejamos de creer en lo inmanente de la naturaleza y pasamos a creer en lo trascendente de Dios, para luego volver a creer en lo inmanente de la naturaleza gracias a la propia evolución? Este regreso parece contradictorio, y no explica por qué las culturas primitivas y las psicologías ingenuas creen en Dios mientras que los animales, infinitamente más primitivos y más ingenuos, no lo hacen.

Hay algo muy dogmático en la creencia en la evolución del hombre. Un dogmatismo que compite con las creencias religiosas. La biología sólo entiende que somos electricidad circulando por el cerebro. No tiene manera de explicar nuestra conciencia de sujetos. Para ella somos sólo máquinas orgánicas vacías de contenido. He aquí donde ni la teoría de la evolución, ni ninguna de las ciencias logra aprehender al espíritu humano en sí mismo. Solo nos da detalles de nuestro funcionamiento biológico; detalles que son sumamente útiles pero que no nos explican en nada lo que realmente somos.

¿En qué momento nos hicismos humanos? y ¿fue esto producto de una evolución biológica o de un milagro de Dios?

martes, 13 de abril de 2010

Las perturbaciones de Nietzsche


Cada vez que leo Nietzsche me desconcierto más. Quizá no sea producto de la truculencia de sus ideas y lo aterrador de sus conclusiones. Se debe, en buena medida, a ese estilo oscuro, cargado de juicios de valor, de aperente ausencia total de estructura y sin duda una carencia de sistema. En pocas palabras: Nietzsche es un desordenado. A veces creo que este desorden es adrede, como método para convencer al lector que en el mundo no existe unidad fuera de la que nosotros nos creamos a nosotros mismos para entenderlo. Que toda apariencia de unidad es vana y estéril, incluso castrante.

Tengo meses que no lo leo, pero en las consecutivas referencias que hacen de él Spengler, Heidegger y Foucault, pues me he visto en la necesidad de retomar La Voluntad de Poder. Es sin duda una lectura difícil y pesada. Incluso los niveles elevadísimos de abstracción de Heidegger me parecen más cómodos de leer (aunque creo que esto es ya algo mío). Ahora bien, superando la discusión metodológica y de lenguaje, Nietzsche es sin duda un autor perturbador. Es considerado como uno de los más importantes pensadores de su tiempo, pero creo que más por su capacidad destructora que por un verdadero compromiso por construir una alternativa. Quizá ni él mismo estaba tan claro de lo que proponía como de lo que quería destruir.

Hay algo de Nietzsche que apela al sentido común, a la experiencia cotidiana. Su lapidaria crítica contra la moral y sus expresiones en la filosofía y el cristianismo son importantes de leer, porque nos recuerdan varias cosas, y nos hace un llamado de atención a no exagerar. La moral, como Nietzsche la entendía; como la voluntad de poder de un grupo de personas que utilizan la dialéctica para tiranizar tanto a sus propios instintos, como a los instintos de los demás, desenmascarando la hipocresía de la inmoralidad del moralismo; es sin duda un fenómeno no poco común en nuestra sociedad. Esto se puede afirmar. Pero aquí tengo dos objeciones primordiales.

1) Lo que Nietzsche más critica de los moralistas y filósofos occidentales, su voluntad de poder basada en premisas absolutas; también él incurre en la falta de plantear premisas absolutas. La liberación total de los instintos, como aquello que hace a la vida placentera y emocionante, es también una exageración que desencadena el nihilismo más destructivo. Ya lo vimos en el siglo XX. Nietzsche, en su búsqueda por la honestidad intelectual, afirma sin pelos en la lengua que sus ideas se identifican con la supremacía de los fuertes y el dominio de la arbitrariedad sobre la moralidad e intelectualismo de los comunes (Sócrates). Por supuesto que Nietzsche defendía a diestra y siniestra al individuo y sus pulsiones instintivas, objetando cualquier forma de sometimiento moral. Pero no queda tan claro cuando entendemos que de su pensamiento se puede deducir ideologías como el nacional socialismo. Es totalmente errado relacionar directamente a Nietzsche con la monstruosidad de los nazis. Pero no es descabellado establecer una relación de causalidad desde las conclusiones nihilistas de su pensamiento a las premisas criminales del nacional socialismo. Es por ello que toda consecuencia nihilista del pensamiento puede desencadenar acontecimientos inesperados y monstruosos. (En todo caso, rescato la respuesta del Papa Benedicto XVI en su primera encíclita Deus Carita Est en la que argumenta en favor de un amor cristiano que exalte las bellezas de la vida y el placer de vivirla en contra de aquella idea del cristianismo como una disciplina monástica insensible y castradora).

2) Nietzsche es uno de esos grandes pensadores que busca la honestidad a toda costa. Que trata de reconciliarse consigo mismo y rechazar toda forma de máscara. Por eso es tan sórdido. Sin embargo, comete el error que tantos cometen: buscar la honestidad señalando la hipocresía de los demás. Es muy probable que muchos cristianos como muchos socialistas y republicanos (es decir, cualquier forma de pensamiento altruista), sean de hecho hipócritas. Pero es también muy cierto que no lo podemos saber. Incluso la conducta de una persona no nos demuestra a cien por ciento si esa persona siente o no culpa verdadera, si de hecho su conciencia juega de alguna manera algún papel. Claro, que luego de ver las contradicciones de todo altruista una y otra vez, por décadas, no nos queda otra cosa que juzgarlo de hipócrita. Pero hoy en día se abusa de ese insulto como si todos fuéramos jueces morales de la honestidad. Nietzsche es uno de ellos.

En definitiva, Nietzsche chillará todo lo que quiera, pero es verdad que existe una voluntad del hombre de actuar bien y de diferenciarse del mal. No es una voluntad universal, pero es una voluntad que existe en muchas personas. Eso no los hace peores ni hipócritas. También, por nuestro lado, hay que aceptar que si este mundo occidental pertenece hoy a algún pensador, es a Nietzsche. Hoy en día la individualidad está exaltada a unos niveles cuya expresión se manifiesta en fenómenos verdaderamente raros. Los gustos estéticos cada día son más vulgares y la cultura de las tribus urbanas es producto de una suerte de nihilismo gregario. Sin duda alguna, todo ello signo de una decadencia irreversible de Occidente que la mente clarividente de Nietzsche previó, resumida en su famosa frase "el desierto se extiende".

miércoles, 10 de marzo de 2010

Reflexiones sobre el destino


Hoy en día, y desde hace más o menos dos siglos, se ha puesto en duda que se pueda ser bueno y/o virtuoso. Al menos desde los escritos escandalosos del Marqués de Sade hasta ahora. La cúspide de este pensamiento es Nietzsche, sin olvidar que Marx y el hegelianismo de izquierda entra en este lote. El resultado inevitable es el nihilismo. El problema no es que personas en su individualidad asuman la vida atea y sus consecuencias nihilistas. La fe y la moral son, de lo que he podido reflexionar, manifestaciones del espíritu humano que se desencadenan en la misteriosa oscuridad del individuo. De allí que desde sus inicios el pensamiento liberal haya abogado por la libertad religiosa y moral. Al principio estas posturas no se llevaron a sus máximas consecuencias (el primero que ozó ver hasta donde se podía llegar fue el Marqués de Sade), ni en el siglo XVIII ni a principios del XIX. Pero son los hermanos materialismo-anarquismo-socialismo los que van a preparar el camino al nefasto nihilismo. Esto no lo contemplaron los primeros liberales como Tocqueville, quienes, en la defensa a ultranza de lo que entendían por derechos individuales, no comprendieron que desembocaban, en ultima instancia, en la autodestrucción nihilista. Este problema va a ser abordado con total seriedad por el talentosísimo intelectual francés, muerto hace ya 50 años, Albert Camus. El problema es el siguiente ¿Existe una respuesta al nihilismo que no sea nihilista?

Mi preocupación se resume en las consecuencias de una sociedad nihilista. En una sociedad que abandona la idea de Dios, de la moral religiosa y de la bondad cristiana. Repito nuevamente, es a cada quien escoger entre estos temas; de eso no hay duda. El problema es cuando la sociedad en su conjunto rechaza sus orígenes y abraza al nihilismo. Se entiende que en un tiempo esa moral cristiana haya sido justificación para una estructura de opresión cruel e insensible durante el Antiguo Régimen y el predominio de la Iglesia Católica. Pero no confundamos las cosas. Una cosa es la corruptibilidad de los hombres y sus instituciones, y otra son los principios axiológicos de una religión milenaria. Abrazar la verdad de Cristo no implica aceptar la degeneración de ciertos gremios sacerdotales y sus ya exterminados aliados absolutistas. No se trata de defender a la Iglesia; se trata de defender a Cristo en la cruz, la imagen más potente de la historia.

¿Por qué le temo al nihilismo? No porque los nihilistas sean necesariamente personas malvadas. De hecho tengo amigos nihilistas que son personas maravillosas. Hablo de una sociedad nihilista, una sociedad sin Dios, que abandona la bondad, y se pierde en las impresiones ambientales y emocionales. Es el tema de los grandes personajes de Dostoievski; es Iván Karamázov comprendiendo que "si Dios no existe, todo está permitido". Es también la conclusión de Kirilov de que "si Dios no existe, yo soy Dios". La delicada consecuencia de estas reflexiones no es la libertad del individuo del yugo de un Dios castrador; es que, en vista de que no respondo ante ninguna verdad trascendente, tengo licencia para hacer lo que sea, sin límites, sin necesidad de remordimiento. En mi opinión, el fenómeno más monumental del nihilismo es el nacional socialismo con sus fábricas de cadáveres. Lo importante en este caso no es saber si Dios existe o no, si Jesús de Nazaret es el mesías o no (esas son cosas que no se pueden conocer con la razón); es si la sociedad en la que vivimos, en su conjunto, rechaza estas creencias, rechaza la fe y la bondad.

El nacional socialismo no es único, ni el primero. La ceremonia de ejecución pública en la Revolución francesa; las decenas de cabezas cortadas en nombre de un ideal de virtud que nadie, fuera de un pequeño grupo (Robespierre y Saint-Just), creía con verdadera convicción. "¡El Rey ha muerto! ¡Viva la República!" No es así de fácil. La consecuencia: violencia desatada. Sudamérica no se salva. Depuesto el rey (Fernando VII), la devastación y el caos subsiguiente significó más de una década de guerra y masacres, y un siglo de caudillismo salvaje. La Guerra Civil Española y sus miles de inocentes ajusticiados de bando y bando de las maneras más absurdas. La muerte del zar de Rusia: décadas de totalitarismo inhumano, la muerte de millones. El problema de la deposición de nuestras monarquías no es sencillo. La idea de Dios estaba íntimamente vinculada con la idea del rey. Muerto el rey, muerto Dios (aunque los contemporáneos no lo notaran de inmediato). Es el fenómeno de la muerte de Dios el que desencadena el caos y la violencia. Matar al rey no significa necesariamente matar a Dios en tu corazón, pero significa desterrarlo de la sociedad. No se me mal interprete, hablo de la sociedad absolutista y su idea de Dios que heredó Europa y que fue repentinamente aniquilada en el transcurso entre los siglo XVIII y XIX. El nihilismo todavía era pequeño, pero lo suficientemente próspero para cobrar la vida de varios miles. No es sino hasta el siglo XX cuando el nihilismo demuestra sus consecuencias de manera horripilante, pues, fue cuando se comprendieron las consecuencias de que la revolución política implicaba una revolución espiritual sangrienta. El costo de la libertad europea ha sido la muerte de Dios. Por un lado la violencia de los que se rebelaron, y por otro lado la reacción natural de los que quicieron sostener lo existente. Ambos bandos han sido sujetos de violencia desmedida (liberales ateos y conservadores reaccionarios).

¿Qué queda para el futuro? El socialismo y todos los demás herederos del hegelianismo intentaron sustituir a Dios con el porvenir, con la historia, con una idea del progreso. Ese sueño se desvaneció y en el siglo XXI es pobremente defendido. ¿Qué le queda a la sociedad occidental, entonces? Está más claro que el crecimiento económico no responde las preguntas verdaderamente importantes del espíritu humano. ¿Será posible reconstruir una idea de esperanza para nuestra sociedad? Yo estoy buscado en el cristianismo la salvación de la que el mundo parece haberme privado. Pero yo soy sólo un pequeño mortal; no puedo evitar reflexionar sobre el destino de nuestra sociedad. Ya hemos visto lo que el nihilismo pudo causar en la industrializada Europa. Ya conocemos sus devastadoras consecuencias. ¿Nos podremos imaginar lo que el nihilismo va a significar en un país como los Estados Unidos? Ellos todavía permanecen inmunes, pero año tras año son diezmados como lo fue Europa durante todo el siglo XIX. ¿Qué consecuencias traerá para la humanidad que el nihilismo posea el espíritu del país más poderoso de la historia? ¿Las fábricas de cadáveres quedaran tontas al lado de lo que podría venir? ¿O todavía podemos creer que la esperanza se puede recuperar? Opino que de esto se va a trata el problema espiritual e intelectual de mi generación, todavía demasiado joven.

martes, 23 de febrero de 2010

Hesíodo y el thelos clásico de la monarquía


Desde sus épocas más arcaicas, la antigua cultura helénica ya disponía de magestuosos poetas como Homero, Hesíodo y Solón. Y es que, en las manifestaciones artísticas más fundamentales (por no decir fundacionales) se encuentran con toda claridad los principios y valores desde donde se construye todo el edificio de una civilización. Digo esto inspirado, en parte por mi reciente lectura de la Teogonía de Hesíodo, y por otro lado en la filosofía histórica del controversial Oswald Spengler, quien, contrario a toda la tradición moderna progresista, compara a las culturas con plantas que nacen, crecen, florecen y se marchitan, en vez de con el desplazamiento lineal hacia un mundo mejor. Comparto con ustedes un fragmento de la Teogonía que me hizo reflexionar de inmediato:

"Cuando las hijas del Gran Zeus (las musas) quieren honrar a alguno de los soberanos, alumnos de Zeus, en el cual han puestos los ojos desde que naciera, derraman en su lengua un dulce rocío y de allí en adelante las palabras fluyen de su boca como miel, y todo el pueblo lo contempla cuando falla con rectitud los litigios o hablando con decisión termina pronto y hábilmente grandes cuestiones. Pues los soberanos son prudentes a fin de que, pronunciando en el Agora suaves y persuasivas palabras, consigan con facilidad que se restituya aquello de que alguien haya sido despojado. Al encaminarse el rey a la junta del pueblo, todos lo veneran con dulce respeto, como a un Dios; y entre todos descuella cuando están reunidos. (...) existen en la tierra aedos y citaristas; pero los reyes proceden de Zeus." (Teogonía: línea 80: Hesíodo)
La fecha exacta de la vida de Hesíodo no se conoce con certeza, pero se especula que debió haber vivido alrededor del siglo VII a. C., lo cual lo hace contemporáneo con Solón de Atenas. Ahora bien, con este fragmento quiero comentar algo que me pareció impresionante. De una manera verdaderamente poética nuestro autor está revelando la base theleológica de la monarquía como era entendida por los antiguos griegos. Y esto fue escrito, por lo menos, treciéntos años antes de que Aristóteles sistematizara en filosofía lo que Hesíodo ya había expresado en poesía.

Este fragmento es de una utilidad enorme para entender la forma como los antiguos pensaban la política (y la ética). El poeta establece sin espacio a duda el thelos de un rey; es decir, la forma ideal a la que todo gobernante debe apuntar en el ejersicio de sus funciones. Todo rey (o lo que es lo mismo en el pensamiento griego, todo gobernante) debe procurar imitar el ejemplo de Zeus, pues son todos "alumnos de Zeus". Aristóteles es el filósofo más importante de la civilización clásica, por el simple hecho de que a través de la reflexión racional logró expresar en un lenguaje sistemático la realidad espiritual de la cultura griega. Una cultura que apunta a ideales, pero de manera muy diferente a como lo entendemos nosotros los modernos. Para nosotros un ideal es un conjunto de creencias políticas y sociales sobre las cuales actuamos para transformar nuestra realidad y avanzar sobre lo que creemos que es el futuro inevitable de la humanidad. La forma del ideal griego es totalmente diferente.

Para la cultura clásica los ideales eran reales, aún cuando no fueran actualizados en el presente. La idea de una cosa no era más que la perfección de esa cosa, es su esencia. De tal forma, la cosa concreta, actualizada en el presente, no es más que una representación material de lo que es una forma ideal que es igualmente verdadera. Esta estructura de pensamiento es perfecta para definir, entonces, la diferencia entre los virtuoso y lo viciado, siendo lo primero lo que en concreto se acerca más a la noción ideal, y lo segundo lo que más se aleja de ella. El gran filósofo de esta teoría es Platón. Pero es en Aristóteles donde consigue su mejor expresión, cuando divide las formas de gobierno en puras (ideales) y las desviadas (las más comunes en la actualidad presente). De esta manera la monarquía es el ideal perfecto e incorruptible del gobierno unipersonal, de la cual se deriva la forma desviada que conocemos como tiranía, más común en la actualidad presente, pero no por ello más real que la noción ideal de monarquía.

Todo esto es concluyente de la filosofía sistemática de Aristóteles. Pero lo que me impresiona es la coherencia que existe dentro de la cultura clásica ya desde sus primeros siglos. Hesíodo, que no era ningún filósofo, sin necesidad de reflexión sistemática, logra comprender a la perfección las nociones fundacionales del espíritu de la cultura de la cual forma parte. Una cultura theleológica: es decir, concentrada en lograr en la actualización presente una similitud con las ideas universales de las cosas, igualmente presentes. No se trata de ningún progreso, ni avance. Tal idea es ajena al pensamiento clásico. Se trata de ajustar la verdad material a la verdad ideal, en una lucha diaria que no tiene final, pues no se trata de asegurar un mejor futuro, sino de hacer virtuoso al presente. En el caso que nos compete, de cómo el monarca puede imitar al dios de quien procede, Zeus, o alejarse de él y convertirse en un tirano. Incluso resulta hermoso ver cómo el ideal del buen rey comprende a un hombre que habla con precisión y dulzura (además inspirado por las musas, como si gobernar fuera, de hecho, un arte), resolviéndo los conflictos sociales presentes de la manera más justa y rápida. Queda demasiado claro cómo para los antiguos griegos la política era un arte retórico, que requería del convencer, hablar, expresar, y no de ordenar, condenar o castigar, como es el caso de los despotismos orientales. El tirano desviado actúa de la segunda forma; el buen rey de la primera.

La mención de Spengler en el inicio del texto es sólo para señalar la curiosidad de su filosofía. Dentro de su marco de ideas, Aristóteles no inventó nada que ya no haya estado presente en la cultura clásica. Tan sólo es el más exhaustivo de los descifradores de los principios fundacionales de su propia cultura, como lo es Kant para la civilización moderna occidental.

martes, 1 de diciembre de 2009

Felicidad y Eudaimonía

Ultimamente me ha parecido que los antiguos estaban más claros que nosotros los modernos en varias cosas. Entre ellas la moral y su hermana gemela la felicidad. La palabra griega que nosotros traducimos por felicidad, no por su equivalencia de significado, pero por ser lo más cercano al uso común, es eudaimonía. Y si nos atenemos al significado, sociológicamente hablando, que los antiguos le daban a tal palabra, ya podremos descifrar algunas tendencias. No pretendo hacer una explicación exhaustiva de la eudaimonía; tan sólo establecer mi posición respecto del tema.

Etimológicamente eudaimonía quiere decir literalmente, más o menos, espíritu bueno (eu=bueno, daimon=espíritu). Y puede ser traducido con mayor precisión como estado de plenitud. Nuestro concepto de felicidad es lo que más se acerca a esto, pero temo decir que la noción griega es mucho más compleja. Antes de abordarla hablaré un poco sobre la noción más difundida de felicidad que existe en nuestra cultura, y que está asociada al tema de la libertad.

Sería totalmente errado establecer que la noción de felicidad, tanto como la de libertad, es algo homogéneo en nuestra tradición. Nada más lejano de la verdad, nuestra cultura, especialmente la académica, se caracteriza por permanecer en constante debate. Sin embargo la tesis más difundida en nuestra sociedad es la utilitaria. Para resumirlo de manera brutal, la racionalidad es nuestra capacidad para evaluar nuestras opciones de acuerdo con criterios de utilidad, es decir, de costo/beneficio. En tal medida nosotros hacemos una evaluación interna en lo que llamamos libre albedrío, y permanecemos libres mientras ésta evaluación toma lugar. Tan pronto como descubrimos nuestra preferencia de acuerdo con el criterio de racionalidad, tomamos la decisión y pasamos de la fase deliberativa a la fase de la praxis. En lenguaje hobbesiano, la voluntad libre no es más que la preferencia última luego de un proceso deliberativo. Ajustamos costos a beneficios, tomamos la decisión más conveniente y "voilà!", somos sujetos libres. Y si nuestro margen de opciones es amplio, entonces podemos ajustar mejor nuestras decisiones para incrementar el beneficio de los placeres (Stuart Mill establece la diferencia entre dos tipos de placeres, unos más profundos que otros, explicación que no deja de ser insuficiente para nosotros) y apartar de nosotros el costo de los dolores. De acuerdo a esta tesis, somos más felices en la medida en que nuestro libre albedrío tenga mayores opciones de escoger placeres y evitar dolores. Hechos los pendejos, los utilitaristas construían la base filosófica para la actual cultura consumista. Si vieron la hermosa película animada "Wall-E" entenderán con plena exactitud mi punto: cuando el protagonista encuentra a los humanos en una nave espacial, se topa con una sociedad de individuos alienados por completo en la ininterrumpida satisfacción de sus inclinaciones (en lenguaje kantiano), lo cual es, metafóricamente, el paraíso del utilitarismo. Esta caricatura es, de hecho, una buena imagen de lo que es el utilitarismo llevado a su máxima absoluta. Claro, nuestra sociedad no es del todo así, pero la exageración caricaturesca sirve para ilustrar los principios fundamentales de la teoría.

De de hecho la psicología simplista iniciada por Hobbes es o no fundamento de la libertad verdadera, o si la libertad pertenece más bien al universo de los imperativos categóricos de Kant, o a la autoconciencia de la historia de Hegel o de Marx, eso no me interesa en este momento. Mi tema en este escrito es sobre la felicidad de la persona. De aquí regreso a los antiguos, y a los motivos por los cuáles considero que los señores de la Antigua Grecia estaban más claros que nosotros, inteligencias humanas de más de dos mil años después.

Eudaimonía no sólo era felicidad entendida como ese estado emotivo de la persona en la que siente una suerte de plenitud momentánea. Eudaimonía denota, además, un estado de ánimo que es tanto interno (nuestra felicidad) como externo. Esta manifestación externa vincula a esa plenitud interna con el éxito y la prosperidad (no necesariamente material). Es decir, el ser feliz para los antiguos no es una cosa de momentos, sino un estadio de la vida que se manifiesta a todos los que lo ven. Esto que puede sonar un poco abstracto se ilustra muy bien en una anécdota que nos llega a través de Herodoto cuando Solón de Atenas visita al tirano de Lydia, Croeso. Según nos cuenta, Croeso, que para entonces era el rey del Egeo más rico y poderoso de todos, luego de mostrarle a Solón todas sus gigantescas riquezas, le preguntó (en vista de que creía del ateniense ser uno de los hombres más sabios) quién era el hombre más feliz del mundo. La trampa se nota con total claridad, pero Solón respondió algo totalmente inesperado para el tirano. El sabio le dijo con total sinceridad que consideraba a los hombres más felices a unos particulares de Atenas que habían tenido muertes honrosas y que habían vivido sus vidas gozando del aprecio y del amor de los demás, habiendo vivido por largos años hasta ver a sus hijos y a sus nietos crecer con salud y prosperidad. A Croeso esto le resultó una insolencia, pretender que unos pequeños hombrecillos de Atenas podían compararse con la grandeza de su reino. Pero con el tiempo la historia demostró que Solón estaba en lo correcto. El reino de Croeso fue invadido poco después por Ciro de Persia, y el rey lidio fue capturado y puesto en una hoguera. Justo antes de ser incinerado Croeso gritó al cielo el nombre de Solón, y entendió por completo lo que éste le quiso decir en aquél momento.

Esta historia es muy bella, pero además es muy útil para mi actual argumento. Desde un punto de vista utilitario, Croeso sin duda puede ser el hombre más feliz del mundo. Tenía las riquezas para incrementar y saciar sus inclinaciones y alejarse por completo del dolor. Sin embargo esto no le valió de nada porque al final perdió su reino por culpa de su imprudente ambición y fue humillado ante el cadalso por Ciro. En cambio aquellos pequeños ciudadanos atenienses habían logrado lo que los griegos llamaban eudaimonía. Para resumirlo, nuevamente de manera brutal, y de acuerdo con la tesis aristotélica donde yo me inscribo, la felicidad está íntimamente ligada con la práctica de lo que los griegos llamaban "arete", que nosotros traducimos como virtud. Sin embargo, y como es usual, la palabra griega es más compleja y de mayores implicaciones que la nuestra. De hecho arete quiere decir algo como excelencia. En la medida que uno practica virtudes, no sólo es beneficiario de los bienes que nos permiten, sino que, además, uno disfruta de cierta satisfacción al contemplar que las acciones de uno están hechas excelentemente. Esta excelencia, además, es reconocida visiblemente por los demás y el resultado es la admiración.

En definitiva, la eudaimonía significa que nuestra personalidad, es decir, quienes somos, se devela ante los demás en momentos de sobresaliente excelencia, lo cual sólo se logra a través de las virtudes. Este alcance de la eudaimonía es un estado de plenitud, no sólo de nuestras inclinaciones, lo cual no es muy diferente al simple consumo, sino de una plenitud espiritual y radiante que los demás pueden contemplar y reconocer, hasta el punto de tratar de imitar. La felicidad, como la entendían los antiguos, no era una mera experiencia subjetiva encerrada en el individuo. Era una manifestación externa de la personalidad que se compartía con los demás y que sólo se lograba a través de la arete, de la práctica conciente de las virtudes.

Yo he vivido esto. Lo viví recientemente en honor a mi graduación. La felicidad como plenitud del espíritu se logra a través de esa excelencia que te da solamente la práctica de las virtudes, cuando te reconocen por ser el primer promedio de la facultad, cuando te reconocen por tus méritos académicos, cuando tu familia y tus amigos te demuestran el orgullo que sienten por ti, cuando alcanzan el éxito como te lo habían planteado y en el momento de plenitud irradias la verdadera felicidad y alejas de ti la envidia y el rencor de los demás. Porque la envidia se siente hacia lo que los demás tienen, en tanto que consumen algo que uno no consume, entonces envidian. Pero los logros de la excelencia inspiran la emulación, y satisfacen el orgullo de los seres queridos. Esta última ecuación no existe en el utilitarismo, y es por ello que la considero una teoría muy pobre que no logra comprender la verdadera esencia de la condición humana, a diferencia de la lucidez de las teorías clásicas, especialmente la del grandiosísimo señor Aristóteles.