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martes, 23 de febrero de 2010

Hesíodo y el thelos clásico de la monarquía


Desde sus épocas más arcaicas, la antigua cultura helénica ya disponía de magestuosos poetas como Homero, Hesíodo y Solón. Y es que, en las manifestaciones artísticas más fundamentales (por no decir fundacionales) se encuentran con toda claridad los principios y valores desde donde se construye todo el edificio de una civilización. Digo esto inspirado, en parte por mi reciente lectura de la Teogonía de Hesíodo, y por otro lado en la filosofía histórica del controversial Oswald Spengler, quien, contrario a toda la tradición moderna progresista, compara a las culturas con plantas que nacen, crecen, florecen y se marchitan, en vez de con el desplazamiento lineal hacia un mundo mejor. Comparto con ustedes un fragmento de la Teogonía que me hizo reflexionar de inmediato:

"Cuando las hijas del Gran Zeus (las musas) quieren honrar a alguno de los soberanos, alumnos de Zeus, en el cual han puestos los ojos desde que naciera, derraman en su lengua un dulce rocío y de allí en adelante las palabras fluyen de su boca como miel, y todo el pueblo lo contempla cuando falla con rectitud los litigios o hablando con decisión termina pronto y hábilmente grandes cuestiones. Pues los soberanos son prudentes a fin de que, pronunciando en el Agora suaves y persuasivas palabras, consigan con facilidad que se restituya aquello de que alguien haya sido despojado. Al encaminarse el rey a la junta del pueblo, todos lo veneran con dulce respeto, como a un Dios; y entre todos descuella cuando están reunidos. (...) existen en la tierra aedos y citaristas; pero los reyes proceden de Zeus." (Teogonía: línea 80: Hesíodo)
La fecha exacta de la vida de Hesíodo no se conoce con certeza, pero se especula que debió haber vivido alrededor del siglo VII a. C., lo cual lo hace contemporáneo con Solón de Atenas. Ahora bien, con este fragmento quiero comentar algo que me pareció impresionante. De una manera verdaderamente poética nuestro autor está revelando la base theleológica de la monarquía como era entendida por los antiguos griegos. Y esto fue escrito, por lo menos, treciéntos años antes de que Aristóteles sistematizara en filosofía lo que Hesíodo ya había expresado en poesía.

Este fragmento es de una utilidad enorme para entender la forma como los antiguos pensaban la política (y la ética). El poeta establece sin espacio a duda el thelos de un rey; es decir, la forma ideal a la que todo gobernante debe apuntar en el ejersicio de sus funciones. Todo rey (o lo que es lo mismo en el pensamiento griego, todo gobernante) debe procurar imitar el ejemplo de Zeus, pues son todos "alumnos de Zeus". Aristóteles es el filósofo más importante de la civilización clásica, por el simple hecho de que a través de la reflexión racional logró expresar en un lenguaje sistemático la realidad espiritual de la cultura griega. Una cultura que apunta a ideales, pero de manera muy diferente a como lo entendemos nosotros los modernos. Para nosotros un ideal es un conjunto de creencias políticas y sociales sobre las cuales actuamos para transformar nuestra realidad y avanzar sobre lo que creemos que es el futuro inevitable de la humanidad. La forma del ideal griego es totalmente diferente.

Para la cultura clásica los ideales eran reales, aún cuando no fueran actualizados en el presente. La idea de una cosa no era más que la perfección de esa cosa, es su esencia. De tal forma, la cosa concreta, actualizada en el presente, no es más que una representación material de lo que es una forma ideal que es igualmente verdadera. Esta estructura de pensamiento es perfecta para definir, entonces, la diferencia entre los virtuoso y lo viciado, siendo lo primero lo que en concreto se acerca más a la noción ideal, y lo segundo lo que más se aleja de ella. El gran filósofo de esta teoría es Platón. Pero es en Aristóteles donde consigue su mejor expresión, cuando divide las formas de gobierno en puras (ideales) y las desviadas (las más comunes en la actualidad presente). De esta manera la monarquía es el ideal perfecto e incorruptible del gobierno unipersonal, de la cual se deriva la forma desviada que conocemos como tiranía, más común en la actualidad presente, pero no por ello más real que la noción ideal de monarquía.

Todo esto es concluyente de la filosofía sistemática de Aristóteles. Pero lo que me impresiona es la coherencia que existe dentro de la cultura clásica ya desde sus primeros siglos. Hesíodo, que no era ningún filósofo, sin necesidad de reflexión sistemática, logra comprender a la perfección las nociones fundacionales del espíritu de la cultura de la cual forma parte. Una cultura theleológica: es decir, concentrada en lograr en la actualización presente una similitud con las ideas universales de las cosas, igualmente presentes. No se trata de ningún progreso, ni avance. Tal idea es ajena al pensamiento clásico. Se trata de ajustar la verdad material a la verdad ideal, en una lucha diaria que no tiene final, pues no se trata de asegurar un mejor futuro, sino de hacer virtuoso al presente. En el caso que nos compete, de cómo el monarca puede imitar al dios de quien procede, Zeus, o alejarse de él y convertirse en un tirano. Incluso resulta hermoso ver cómo el ideal del buen rey comprende a un hombre que habla con precisión y dulzura (además inspirado por las musas, como si gobernar fuera, de hecho, un arte), resolviéndo los conflictos sociales presentes de la manera más justa y rápida. Queda demasiado claro cómo para los antiguos griegos la política era un arte retórico, que requería del convencer, hablar, expresar, y no de ordenar, condenar o castigar, como es el caso de los despotismos orientales. El tirano desviado actúa de la segunda forma; el buen rey de la primera.

La mención de Spengler en el inicio del texto es sólo para señalar la curiosidad de su filosofía. Dentro de su marco de ideas, Aristóteles no inventó nada que ya no haya estado presente en la cultura clásica. Tan sólo es el más exhaustivo de los descifradores de los principios fundacionales de su propia cultura, como lo es Kant para la civilización moderna occidental.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El último rey de Esparta.

Κλεομένης ο 3ος της Σπάρτης

Cleómenes III, (griego: Κλεομένης) fue rey de Esparta por 13 años entre los años 235 y 222 a.C. y llevó acabo una serie de reformas con el objetivo de regresar a su ciudad a aquellos años de grandeza de Leónidas y Lysander o a someter a los espartanos a un gobierno unipersonal.
¿Quién fue Claómenes de Esparta? Para algunos como Polibio fue un hábil tirano que derrocó el gobierno de los éforos y con un discurso demagógico que evocaba las glorias de la antigua constitución de Licurgo privó a los espartanos de su libertad, expropió a los ciudadanos ejemplares de sus propiedades, impuso leyes de educación contrarias a los tiempos que vivía el mundo heleno y arrazó el Peloponeso con guerras como un aventurero. Para otros como Plutarco fue un héroe de su patria que trató de revivir las glorias de antiguos reyes, derrocar el régimen de unos éforos que gobernaban a través de la corrupción y el vicio, reformar la moral pública que se había perdido entre el libertinaje de los placeres de un mundo griego sometido por las monarquías macedónicas. Para unos un tirano reaccionario contrario al espíritu de su tiempo, para otros un reformador virtuoso y valiente que hábilmente tuvo al Peloponeso bajo su control por un breve período de tiempo.
Hablo de Cleómenes porque está entre mis personajes antiguos preferidos junto con otros como Temístocles, Camilo y Escipión Africano el Viejo. ¿Por qué? No estoy muy seguro, pero debe tener que ver con el hecho de que buscó reformar el espíritu de libertinaje y decadencia de su ciudad y con los pocos recursos materiales de Esparta logró llevar la guerra dentro de las fronteras de la Liga Aquea y derrotar en batalla múltiples veces a los megalopolitanos, corintios, argivos, aqueos e incluso al Rey de Macedonia. En un mundo cuyas fuerzas se volcaban en su contra maniobró con sus escazas fuerzas para salir victorioso mientras la Fortuna se lo permitió. ¿Un aventurero? quizá. Pero aventureros fueron hombres como Carlomagno, Pizarro, Federico II de Prusia o Simón Bolívar. El recuerdo de sus conquistas y victorias descabelladas nos sorprenden cada vez que las contemplamos.
Cleómenes fue derrotado junto a su hermano en las colinas de Selasia a pocos kilómetros al norte de Esparta por Antígono de Macenodia. Estaba superado numéricamente y se enfrentaba al que para entonces era el ejército profesional más letal de la antigüedad. Se exilió en Egipto y vivió con sus más cercanos colaboradores y patriotas espartiatas en la corte de un rey afeminado y pusilánime: Tolomeo Filopátor. Siempre atento a los acontecimientos en el Peloponeso para retornar a su patria con sus mercenarios y retomar el proyecto político que la Fortuna no le permitió continuar. En la corte de un rey licencioso que le temía producto de sus vicios y complejos trató de ganarse el favor de Tolomeo para que le ayudara a retomar el poder en Esparta, pero los cortesanos del rey lo aislaron. Cleómenes murió con sus hombres en un intento de rebelión contra Tolomeo para escapar de Egipto. Eran doce espartiatas armados hasta los dientes corrieron una noche por Alejandría llamando a la rebelión en favor de Cleómenes, pero nadie acudió a su llamado. Rodeados por las fuerzas del rey y sin posibilidad de escapatoria todos cometieron suicidio antes de ser capturados por tropas egipcias.
Me pregunto por qué el recuerdo de Cleómenes es tan débil en nuestra cultura popular. Un rey de grandes ideas y ambiciones que luchó por retornar a su patria a sus antiguas glorias pero resultó vencido por la fuerza de sus tiempos y escogió una muerte honorable junto a sus hombres a ser humillado por las tropas de un rey despreciable. Escribo para honrar la memoria de un gran hombre que en la contemporaneidad pasa injustamente ignorado.