
Hoy en día, y desde hace más o menos dos siglos, se ha puesto en duda que se pueda ser bueno y/o virtuoso. Al menos desde los escritos escandalosos del Marqués de Sade hasta ahora. La cúspide de este pensamiento es Nietzsche, sin olvidar que Marx y el hegelianismo de izquierda entra en este lote. El resultado inevitable es el nihilismo. El problema no es que personas en su individualidad asuman la vida atea y sus consecuencias nihilistas. La fe y la moral son, de lo que he podido reflexionar, manifestaciones del espíritu humano que se desencadenan en la misteriosa oscuridad del individuo. De allí que desde sus inicios el pensamiento liberal haya abogado por la libertad religiosa y moral. Al principio estas posturas no se llevaron a sus máximas consecuencias (el primero que ozó ver hasta donde se podía llegar fue el Marqués de Sade), ni en el siglo XVIII ni a principios del XIX. Pero son los hermanos materialismo-anarquismo-socialismo los que van a preparar el camino al nefasto nihilismo. Esto no lo contemplaron los primeros liberales como Tocqueville, quienes, en la defensa a ultranza de lo que entendían por derechos individuales, no comprendieron que desembocaban, en ultima instancia, en la autodestrucción nihilista. Este problema va a ser abordado con total seriedad por el talentosísimo intelectual francés, muerto hace ya 50 años, Albert Camus. El problema es el siguiente ¿Existe una respuesta al nihilismo que no sea nihilista?
Mi preocupación se resume en las consecuencias de una sociedad nihilista. En una sociedad que abandona la idea de Dios, de la moral religiosa y de la bondad cristiana. Repito nuevamente, es a cada quien escoger entre estos temas; de eso no hay duda. El problema es cuando la sociedad en su conjunto rechaza sus orígenes y abraza al nihilismo. Se entiende que en un tiempo esa moral cristiana haya sido justificación para una estructura de opresión cruel e insensible durante el Antiguo Régimen y el predominio de la Iglesia Católica. Pero no confundamos las cosas. Una cosa es la corruptibilidad de los hombres y sus instituciones, y otra son los principios axiológicos de una religión milenaria. Abrazar la verdad de Cristo no implica aceptar la degeneración de ciertos gremios sacerdotales y sus ya exterminados aliados absolutistas. No se trata de defender a la Iglesia; se trata de defender a Cristo en la cruz, la imagen más potente de la historia.
¿Por qué le temo al nihilismo? No porque los nihilistas sean necesariamente personas malvadas. De hecho tengo amigos nihilistas que son personas maravillosas. Hablo de una sociedad nihilista, una sociedad sin Dios, que abandona la bondad, y se pierde en las impresiones ambientales y emocionales. Es el tema de los grandes personajes de Dostoievski; es Iván Karamázov comprendiendo que "si Dios no existe, todo está permitido". Es también la conclusión de Kirilov de que "si Dios no existe, yo soy Dios". La delicada consecuencia de estas reflexiones no es la libertad del individuo del yugo de un Dios castrador; es que, en vista de que no respondo ante ninguna verdad trascendente, tengo licencia para hacer lo que sea, sin límites, sin necesidad de remordimiento. En mi opinión, el fenómeno más monumental del nihilismo es el nacional socialismo con sus fábricas de cadáveres. Lo importante en este caso no es saber si Dios existe o no, si Jesús de Nazaret es el mesías o no (esas son cosas que no se pueden conocer con la razón); es si la sociedad en la que vivimos, en su conjunto, rechaza estas creencias, rechaza la fe y la bondad.
El nacional socialismo no es único, ni el primero. La ceremonia de ejecución pública en la Revolución francesa; las decenas de cabezas cortadas en nombre de un ideal de virtud que nadie, fuera de un pequeño grupo (Robespierre y Saint-Just), creía con verdadera convicción. "¡El Rey ha muerto! ¡Viva la República!" No es así de fácil. La consecuencia: violencia desatada. Sudamérica no se salva. Depuesto el rey (Fernando VII), la devastación y el caos subsiguiente significó más de una década de guerra y masacres, y un siglo de caudillismo salvaje. La Guerra Civil Española y sus miles de inocentes ajusticiados de bando y bando de las maneras más absurdas. La muerte del zar de Rusia: décadas de totalitarismo inhumano, la muerte de millones. El problema de la deposición de nuestras monarquías no es sencillo. La idea de Dios estaba íntimamente vinculada con la idea del rey. Muerto el rey, muerto Dios (aunque los contemporáneos no lo notaran de inmediato). Es el fenómeno de la muerte de Dios el que desencadena el caos y la violencia. Matar al rey no significa necesariamente matar a Dios en tu corazón, pero significa desterrarlo de la sociedad. No se me mal interprete, hablo de la sociedad absolutista y su idea de Dios que heredó Europa y que fue repentinamente aniquilada en el transcurso entre los siglo XVIII y XIX. El nihilismo todavía era pequeño, pero lo suficientemente próspero para cobrar la vida de varios miles. No es sino hasta el siglo XX cuando el nihilismo demuestra sus consecuencias de manera horripilante, pues, fue cuando se comprendieron las consecuencias de que la revolución política implicaba una revolución espiritual sangrienta. El costo de la libertad europea ha sido la muerte de Dios. Por un lado la violencia de los que se rebelaron, y por otro lado la reacción natural de los que quicieron sostener lo existente. Ambos bandos han sido sujetos de violencia desmedida (liberales ateos y conservadores reaccionarios).
¿Qué queda para el futuro? El socialismo y todos los demás herederos del hegelianismo intentaron sustituir a Dios con el porvenir, con la historia, con una idea del progreso. Ese sueño se desvaneció y en el siglo XXI es pobremente defendido. ¿Qué le queda a la sociedad occidental, entonces? Está más claro que el crecimiento económico no responde las preguntas verdaderamente importantes del espíritu humano. ¿Será posible reconstruir una idea de esperanza para nuestra sociedad? Yo estoy buscado en el cristianismo la salvación de la que el mundo parece haberme privado. Pero yo soy sólo un pequeño mortal; no puedo evitar reflexionar sobre el destino de nuestra sociedad. Ya hemos visto lo que el nihilismo pudo causar en la industrializada Europa. Ya conocemos sus devastadoras consecuencias. ¿Nos podremos imaginar lo que el nihilismo va a significar en un país como los Estados Unidos? Ellos todavía permanecen inmunes, pero año tras año son diezmados como lo fue Europa durante todo el siglo XIX. ¿Qué consecuencias traerá para la humanidad que el nihilismo posea el espíritu del país más poderoso de la historia? ¿Las fábricas de cadáveres quedaran tontas al lado de lo que podría venir? ¿O todavía podemos creer que la esperanza se puede recuperar? Opino que de esto se va a trata el problema espiritual e intelectual de mi generación, todavía demasiado joven.
