Para responder esta pregunta voy a pedir, con su permiso, ayuda a una de las autoridades más formidables en materia de teoría democrática, cuyas palabras hablan por sí mismas. Alexis de Tocqueville escribe en Democracia en América:
"Se comprende que la centralización gubernamental adquiere una fuerza inmensa cuando se añade a la centralización administrativa. De esta manera acostumbra a los individuos a hacer abstracción completa y continua de su voluntad; a obedecer, no ya una vez y sobre un punto, sino en todo y todos los días. Entonces, no solamente los doma por la fuerza, sino que también los capta por sus costumbres; los aísla y se apodera de ellos uno por uno entre la masa común." (pg. 97)
"Pero creo que la centralización administrativa no es propia sino para enervar a los pueblos que se someten a ella, porque tiende sin cesar a disminuir entre ellos el espíritu de ciudad. La centralización administrativa logra, es verdad, reunir en una época dada, y en cierto lugar, todas las fuerzas disponibles de la nación, pero perjudica la reproducción de las fuerzas. La hace triunfar el día del combate, y disminuye a la larga su poder. Puede, pues, concurrir admirablemente a la grandeza pasajera de un hombre y no a la prosperidad durable de un pueblo." (pg. 98)
"Un poder central, por ilustrado y sabio que se le imagine, no puede abarcar por sí sólo todos los detalles de la vida de un gran pueblo. No lo puede, porque tal trabajo excede las fuerzas humanas. Cuando él quiere, por su solo cuidado, crea y hace funcionar tanto resortes diversos, se contenta con un resultado muy incompleto, o se agota en inputiles esfuerzos." (pg. 100)
"¿Cómo descansa la libertad de las cosas grandes en una multitud que no ha aprendido a servirse de ella en las pequeñas?
¿Cómo resistir a la tiranía en un país en que cada individuo es débil, y en donde los individuos no están reunidos por un interés común?" (pg. 104)
En este cuerpo pequeño de ideas está condensado el argumento central de por qué no soy demócrata en general, y de por qué no estuve de acuerdo con el programa de reforma de salud de Obama-Pelosi en particular. No niego que el sistema de salud norteamericano actual sufre de problemas considerables que deben ser atacados políticamente. El mercado actual se ha demostrado insuficiente. Pero reflexionemos un poco sobre la solución demócrata al problema. La legislación aprobada hace tan sólo unos meses centraliza en manos del Estado Federal la administración de los programas de seguro de salud de todos los Estados Unidos, incrementando en varios miles la cantidad de burócratas que tendrán que asumir tal responsabilidad, más el gasto público que lo acompaña. Gasto público de por sí no es necesariamente malo, a diferencia de como creen algunos economistas neoclásicos; pero el incremento excesivo de la burocracia si tiene consecuencias perjudiciales para el porvenir de cualquier república democrática.
La solución demócrata es centralizar, lo cual equivale a alejar aún más las decisiones de interés público de los primeros interesados: los ciudadanos norteamericanos. El fin último es asegurar la salud indispensable a todos los ciudadanos, y eliminar de una vez por todas la injusticia de una mala salud. Es decir, asegurar a los menos favorecidos por la suerte. Tal fin parece ser sin duda muy noble. ¿Pero a qué costo? ¿Estamos dispuesto a sacrificar el porvenir de toda una república para asegurar momentáneamente el bienestar de sólo algunos? ¿Es tal decisión racional y/o moral cómo se ha querido que creamos? Mi opinión ante tal cuestionamiento es clara: la libertad política de una república es un bien superior y trascendente, ante la salud de sus individuos particulares. El bien común se antepone al bien privado.
No soy demócrata porque temo que el Poder Federal, creciendo sin parar desde F. D. R., algún día sea indestructible, y abrume por completo las fuerzas conjuntas de los ciudadanos libres. No se equivoquen; la historia da giros repentinos, y el aparato burocrático de control centralizado que hoy en día se construye en los Estados Unidos puede muy bien servir los intereses de un futuro tirano. ¿Quién sabe? Los griegos y los romanos también tuvieron siglos de libertad, y el sueño concluyó con la tiranía de la monarquía macedónica primero y con la de los césares después. ¿Qué nos hace creer que nuestra cultura, o los Estados Unidos, son inmunes a los cambios repentinos de la historia? En Venezuela hace unas décadas se creía imposible una tiranía socialista: allí la vemos hoy.
El partido demócrata, tanto como el ala neoconservadora del partido republicano, ambos tienen una tendencia a centralizar funciones administrativas en el Poder Federal. Ambos quieren solucionar los problemas nacionales con grandes coluciones burocráticas. Tocqueville lo plantea muy bien "De esta manera acostumbra a los individuos a hacer abstracción completa y continua de su voluntad; a obedecer, no ya una vez y sobre un punto, sino en todo y todos los días." A medida que el Poder Federal se apropia de funciones administrativas, está quitando a la base de los ciudadanos la capacidad de, por ellos mismos, asumir tales responsabilidades. Si bien es verdad que la centralización resuelve el problema inmediato, también es una verdad histórica que "la centralización administrativa no es propia sino para enervar a los pueblos que se someten a ella, porque tiende sin cesar a disminuir entre ellos el espíritu de ciudad." Y ni siquiera el argumento utilitario vale la pena pues "un poder central, por ilustrado y sabio que se le imagine, no puede abarcar por sí sólo todos los detalles de la vida de un gran pueblo."
Nunca demos la libertad por dada. Siempre existen amenazas y enemigos, y siempre existirán. Resolver todo a la forma europea, concediéndole al Estado central la administración más amplia de la cosa pública, cediendo entonces nuestro poder de administrarnos a nivel local, es crear la estructura sobre la cual cualquier tirano del futuro puede sencillamente acabar con la libertad. El bienestar social no justifica jamás una disminución de la libertad. Al menos no en una república de ciudadanos libres. El absolutismo del bienestar social es para pueblos de súbditos, que sacrifican el valor trascendente de su libertad, a un poder extraño que le facilita todos los aspectos de su vida. Es un canje de libertad por seguridad. Los grandes pueblos son siempre libres, los pueblos pequeños disfrutan de los grandes monarcas y tiranos. En pocas palabras, los demócratas, con su ideología welferista, fundamentada en principios morales aparentemente justos, socavan la base sobre la cual toda la libertad estadounidense se construye: la autonomía de los Estados y el poder de los ciudadanos reunidos. Mejorar el bienestar general no es un objetivo lo suficientemente valeroso como para poner en riesgo la tradición de la libertad republicana. Por eso no puedo ser demócrata, y por ese mismo motivo no siento ningún aprecio por las tendencias centralizadoras de la pasada administración Bush. Es necesario un cambio de liderazgo en el partido republicano. Los demócratas no tienen solución.
Mostrando entradas con la etiqueta republicanismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta republicanismo. Mostrar todas las entradas
lunes, 14 de junio de 2010
viernes, 4 de junio de 2010
Por qué soy Republicano
Con un mes cumplido en la ciudad de Nueva York, siento que ya es buena hora para explicar los motivos por los cuales soy republicano. Esta es una ciudad muy liberal, y la etiqueta de republicano tiende a ser motivo para muchas confusiones. Explicaré un poco en qué consisten y los motivos por los cuales creo que la gente tiene esta opinión.
Existe una opinión más o menos difundida de que el partido republicano es un partido de oligarcas, de hombres de negocios, amigos de Wall Street, multimillonarios y petroleros. La experiencia de la administración Bush da mucho pie a esta creencia. Sin duda esa administración estuvo muy marcada por la presencia de hombres de los altos negocios del petróleo y otros amigos de la libertad de los Wall Street guys a hacerce millonarios. Pero no debemos olvidar que esto fue sólo una administración, un liderazgo históricamente concreto y delimitado; que no es motivo para universalizar sobre toda la base de principios republicanos del partido fundado por Abraham Lincoln e inspirado en el antiguo partido Demócrata-Republicano de Thomas Jefferson. A nadie le gustan los oligarcas. A mí tampoco me agradan en lo más mínimo. Pero he aquí los motivos por los cuáles yo soy republicano, motivos que representan mi convicción en valores que existen en el actual GOP, pero que han quedado apartados por esta visión neoconservadora de la política.
El primero y más importante de todos los principios, desde el cual parten todas las demás ideas republicanas: el patriotismo. En pocas palabras, la firme convicción de que mis intereses individuales, y los de mis allegados y partidarios, son necesariamente secundarios al lado del bien de la república. Todos somos naturalmente egoístas, pero el patriotismo es un llamado excepcional a sacrificar dicho egoísmo en el momento en el que el país al que uno pertenece exige un compromiso que nos puede incluso costar hasta lo más grande; la vida misma. Es la idea de que yo soy un ciudadano más, menos importante que el conjunto de toda la república, y más pequeño que toda su grandeza, por lo cual no está justificado de ninguna manera el sacrificar los interses de mí país por mis interses personales. En definitiva, creer que el bienestar de mí país está por encima de mí bienestar propio y del de cualquier otro pueblo, si llegasen a ser contradictorios (lo cual no pasa todo el tiempo).
Patriotismo viene del latín patria, la tierra donde naciéron mis antepasados; o lo que es similar, la tierra sobre la que yo un día seré el antepasado de mis descendientes. Es el sacrificio de uno mismo por la idea de la libertad que en el futuro disfrutarán mis descendientes y sus semejantes. Patriotismo sin libertad no existe, porque sólo la libertad nos hace iguales en tanto ciudadanos. La República exige la libertad y la igualdad entre los ciudadanos, porque sólo así yo puedo sacrificar mi bien individual por el bien que disfrutan todos mis semejantes; bien que vuelve a ser esa libertad e igualdad que me une al cuerpo civil entero. Ante todo la república, luego vengo yo. Ese es el principio republicano por excelencia y que es imposible en otras formas de gobierno donde algunos disfrutan de privilegios que a todos los demás le están excluídos.
El conservadurismo es el segundo principio que me lleva al republicanismo. Sin embargo, el conservadurismo no es más que una conclusión lógica del patriotismo. Porque si se trata de amar a la patria, se la ama tal cual es. El conservadurismo parte de la idea de que el país al cual amamos y del cual nos sentimos orgullosos, es un país que debemos cuidar con prudencia, y no dejarnos controlar por los deseos egoístas de seguridad personal que debilitan las bases de la república. La moral pública es la base espiritual más fuerte y profunda para la preservación de los valores de libertad e igualdad de la república. Sin esa moral, todo el sistema de derecho, todas las normas de convivencia, se quedan vacías de contenido, como un edificio abandonado y en ruinas que, al carecer de habitantes, podemos derrumbar sin muchos problemas. Nuevamente es el amor a nuestro país lo que nos lleva a conservar sus costumbres más antiguas, que no son necesariamente racionales. La moral privada es un problema del individuo con Dios; la moral pública es un problema mío entre mis semejantes con quienes comparto una vida y unos bienes en común: la república, su libertad y su igualdad expresadas en el derecho.
Soy republicano porque creo en el sacrificio del patriotismo, como una de las acciones más nobles y más engrandecedoras del espíritu humano. No me gustan los demócratas porque, por su ideología welferista, realzan y estimulan los deseos egoístas de los individuos por la seguridad personal y su voluntad de libertinaje por encima del bien de la república. El supuesto altruismo demócrata esconde un deseo profundo de asegurar mis deseos inmediatos del compromiso que me exige mi país. Al final no es más que hipotecar hoy, a través de la intervención del Estado, la libertad que nos va a ser necesaria en el mañana. Yo no estoy con el Estado, yo estoy con la República. El primero nos oferce seguridad, la segunda nos ofrece libertad. El primero nos cuida de todo daño, la segunda promueve nuestra grandeza espiritual. Y como dijo maravillosamente el presidente Kennedy, palabras que no deben ser olvidadas jamás: "No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país."
Existe una opinión más o menos difundida de que el partido republicano es un partido de oligarcas, de hombres de negocios, amigos de Wall Street, multimillonarios y petroleros. La experiencia de la administración Bush da mucho pie a esta creencia. Sin duda esa administración estuvo muy marcada por la presencia de hombres de los altos negocios del petróleo y otros amigos de la libertad de los Wall Street guys a hacerce millonarios. Pero no debemos olvidar que esto fue sólo una administración, un liderazgo históricamente concreto y delimitado; que no es motivo para universalizar sobre toda la base de principios republicanos del partido fundado por Abraham Lincoln e inspirado en el antiguo partido Demócrata-Republicano de Thomas Jefferson. A nadie le gustan los oligarcas. A mí tampoco me agradan en lo más mínimo. Pero he aquí los motivos por los cuáles yo soy republicano, motivos que representan mi convicción en valores que existen en el actual GOP, pero que han quedado apartados por esta visión neoconservadora de la política.
El primero y más importante de todos los principios, desde el cual parten todas las demás ideas republicanas: el patriotismo. En pocas palabras, la firme convicción de que mis intereses individuales, y los de mis allegados y partidarios, son necesariamente secundarios al lado del bien de la república. Todos somos naturalmente egoístas, pero el patriotismo es un llamado excepcional a sacrificar dicho egoísmo en el momento en el que el país al que uno pertenece exige un compromiso que nos puede incluso costar hasta lo más grande; la vida misma. Es la idea de que yo soy un ciudadano más, menos importante que el conjunto de toda la república, y más pequeño que toda su grandeza, por lo cual no está justificado de ninguna manera el sacrificar los interses de mí país por mis interses personales. En definitiva, creer que el bienestar de mí país está por encima de mí bienestar propio y del de cualquier otro pueblo, si llegasen a ser contradictorios (lo cual no pasa todo el tiempo).
Patriotismo viene del latín patria, la tierra donde naciéron mis antepasados; o lo que es similar, la tierra sobre la que yo un día seré el antepasado de mis descendientes. Es el sacrificio de uno mismo por la idea de la libertad que en el futuro disfrutarán mis descendientes y sus semejantes. Patriotismo sin libertad no existe, porque sólo la libertad nos hace iguales en tanto ciudadanos. La República exige la libertad y la igualdad entre los ciudadanos, porque sólo así yo puedo sacrificar mi bien individual por el bien que disfrutan todos mis semejantes; bien que vuelve a ser esa libertad e igualdad que me une al cuerpo civil entero. Ante todo la república, luego vengo yo. Ese es el principio republicano por excelencia y que es imposible en otras formas de gobierno donde algunos disfrutan de privilegios que a todos los demás le están excluídos.
El conservadurismo es el segundo principio que me lleva al republicanismo. Sin embargo, el conservadurismo no es más que una conclusión lógica del patriotismo. Porque si se trata de amar a la patria, se la ama tal cual es. El conservadurismo parte de la idea de que el país al cual amamos y del cual nos sentimos orgullosos, es un país que debemos cuidar con prudencia, y no dejarnos controlar por los deseos egoístas de seguridad personal que debilitan las bases de la república. La moral pública es la base espiritual más fuerte y profunda para la preservación de los valores de libertad e igualdad de la república. Sin esa moral, todo el sistema de derecho, todas las normas de convivencia, se quedan vacías de contenido, como un edificio abandonado y en ruinas que, al carecer de habitantes, podemos derrumbar sin muchos problemas. Nuevamente es el amor a nuestro país lo que nos lleva a conservar sus costumbres más antiguas, que no son necesariamente racionales. La moral privada es un problema del individuo con Dios; la moral pública es un problema mío entre mis semejantes con quienes comparto una vida y unos bienes en común: la república, su libertad y su igualdad expresadas en el derecho.
Soy republicano porque creo en el sacrificio del patriotismo, como una de las acciones más nobles y más engrandecedoras del espíritu humano. No me gustan los demócratas porque, por su ideología welferista, realzan y estimulan los deseos egoístas de los individuos por la seguridad personal y su voluntad de libertinaje por encima del bien de la república. El supuesto altruismo demócrata esconde un deseo profundo de asegurar mis deseos inmediatos del compromiso que me exige mi país. Al final no es más que hipotecar hoy, a través de la intervención del Estado, la libertad que nos va a ser necesaria en el mañana. Yo no estoy con el Estado, yo estoy con la República. El primero nos oferce seguridad, la segunda nos ofrece libertad. El primero nos cuida de todo daño, la segunda promueve nuestra grandeza espiritual. Y como dijo maravillosamente el presidente Kennedy, palabras que no deben ser olvidadas jamás: "No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país."
miércoles, 26 de mayo de 2010
Jackson y el Republicanismo
"El retiro a mi vida privada me ha sido, por algún tiempo, un evento muy deseable. Pero ustedes han dicho que mis consecutivos servicios como juez serían útiles. Cuándo mis servicios son de tal manera llamados, ellos pertenecen a mi país, y su voz es obedecida."
Estas inspiradoras palabras pertenecen al presidente de los Estados Unidos Andrew Jackson, cuando todavía tenía poco más que treinta y un años, no soñaba todavía con ser presidente, pero ejercía un digno cargo como gobernador del estado fronterizo de Tennessee. Al rededor de su figura se tejió toda una leyenda de patriotismo. Pero lo que no se puede dudar es que, el impetuoso y rebelde Jackson era un patriota y republicano de corazón. Lo que voy a decir a propósito de ésto, vale para la gran mayoría de los países de Occidente.
Ahora cito esta frase de Jackson no tanto por una admiración personal al personaje. Estoy leyendo una biografía sobre él, pero todavía no me ha cautivado tanto como para admirarlo. Traigo a colación sus palabras, porque en ellas está expresada de manera puntual y elegante, uno de los principios del republicanismo más fundamentales: el servicio público. Tal idea no descarta que los individios comprometidos en la política no lo hagan por ambición personal o vanidad. Tales emociones son naturales en el ser humano, y las manifestaciones más profundas del carácter de un individuo no son tan importantes para la política como lo es su expresión exterior. Lo que la persona manifieste en público es lo que tiene importancia política; su carácter moral es ha Dios.
Lo sobresaliente aquí es ver la prioridad que tiene el servicio público por encima del bien privado. Hoy en día estamos muy acostumbrados a exigir y disfrutar tranquilamente nuestro bien privado (seguridad laboral, seguro de salud, buenos salarios más jubilación, en una palabra: seguridad, seguridad, seguridad), y olvidamos la importancia de nuestro deber con la república. Precisamente, el modelo de Estado de Bienestar (Welfare), es la respuesta al deseo de seguridad de los individuos, al miedo a la incertidumbre, y la solución ha sido depositar en el Estado y su burocracia, los recursos, la disposición y la responsabilidad de "asegurarno"; la consecuencia ha sido una reglamentación excesiva de la política, lo cual la ha hecho una materia de mera administración pública. Tal fenómeno no puede menos que hacer de la política un asunto aburrido y sin trascendencia, de papeleo y listas de espera. Ya no es aquél ideal de participación y autogobierno.
Las palabras del todavía no presidente Andrew Jackson son esclarecedoras, que se complementan de manera hermosa con la famosa cita de J. F. Kennedy: "No preguntes qué puede hacer tu país por tí; pregunta qué puedes hacer tú por tu país." Es decir, lo que podemos hacer nosotros por nuestro país nos obliga, en calidad de deber, a salir de nuestro escondite en la vida privada, y a comprometernos con el servicio público, con el bien de nuestro país, el bien que nos es común a todos los ciudadanos de una república libre. De allí la palabra república del latín: res (asunto) pública (común). Es decir, los asuntos que nos conciernen a todos como miembros de una comunidad de iguales. Nuestro deseo de preservar a toda costa la seguridad de nuestra vida privada, depositando la responsabilidad de velar por esta seguridad nuestra en la burocracia de Estado, nos ha alienado del espacio público, nos ha separado de nuestro deber para con nuestro país, y sin darnos cuenta regresamos al modelo monárquico de Estado, donde todo queda subordinado a una jerarquía burocrática, pero que esta vez es dirigida por un presidente electo o por un parlamento. ¿Dónde queda nuestra libertad política originaria si ahora todo se resuelve con un sello o una firma de un funcionario que no conocemos y que nunca elegimos?
Las palabras de Jackson son un recordatorio de cuál debe ser nuestra disposición para con la política, y no dejarnos engañar por los partidos y sus idiologías partidocráticas, que sólo buscan intercambiar nuestra libertad a cambio de una seguridad hoy, pero una gran incertidumbre del mañana.
Estas inspiradoras palabras pertenecen al presidente de los Estados Unidos Andrew Jackson, cuando todavía tenía poco más que treinta y un años, no soñaba todavía con ser presidente, pero ejercía un digno cargo como gobernador del estado fronterizo de Tennessee. Al rededor de su figura se tejió toda una leyenda de patriotismo. Pero lo que no se puede dudar es que, el impetuoso y rebelde Jackson era un patriota y republicano de corazón. Lo que voy a decir a propósito de ésto, vale para la gran mayoría de los países de Occidente.
Ahora cito esta frase de Jackson no tanto por una admiración personal al personaje. Estoy leyendo una biografía sobre él, pero todavía no me ha cautivado tanto como para admirarlo. Traigo a colación sus palabras, porque en ellas está expresada de manera puntual y elegante, uno de los principios del republicanismo más fundamentales: el servicio público. Tal idea no descarta que los individios comprometidos en la política no lo hagan por ambición personal o vanidad. Tales emociones son naturales en el ser humano, y las manifestaciones más profundas del carácter de un individuo no son tan importantes para la política como lo es su expresión exterior. Lo que la persona manifieste en público es lo que tiene importancia política; su carácter moral es ha Dios.
Lo sobresaliente aquí es ver la prioridad que tiene el servicio público por encima del bien privado. Hoy en día estamos muy acostumbrados a exigir y disfrutar tranquilamente nuestro bien privado (seguridad laboral, seguro de salud, buenos salarios más jubilación, en una palabra: seguridad, seguridad, seguridad), y olvidamos la importancia de nuestro deber con la república. Precisamente, el modelo de Estado de Bienestar (Welfare), es la respuesta al deseo de seguridad de los individuos, al miedo a la incertidumbre, y la solución ha sido depositar en el Estado y su burocracia, los recursos, la disposición y la responsabilidad de "asegurarno"; la consecuencia ha sido una reglamentación excesiva de la política, lo cual la ha hecho una materia de mera administración pública. Tal fenómeno no puede menos que hacer de la política un asunto aburrido y sin trascendencia, de papeleo y listas de espera. Ya no es aquél ideal de participación y autogobierno.
Las palabras del todavía no presidente Andrew Jackson son esclarecedoras, que se complementan de manera hermosa con la famosa cita de J. F. Kennedy: "No preguntes qué puede hacer tu país por tí; pregunta qué puedes hacer tú por tu país." Es decir, lo que podemos hacer nosotros por nuestro país nos obliga, en calidad de deber, a salir de nuestro escondite en la vida privada, y a comprometernos con el servicio público, con el bien de nuestro país, el bien que nos es común a todos los ciudadanos de una república libre. De allí la palabra república del latín: res (asunto) pública (común). Es decir, los asuntos que nos conciernen a todos como miembros de una comunidad de iguales. Nuestro deseo de preservar a toda costa la seguridad de nuestra vida privada, depositando la responsabilidad de velar por esta seguridad nuestra en la burocracia de Estado, nos ha alienado del espacio público, nos ha separado de nuestro deber para con nuestro país, y sin darnos cuenta regresamos al modelo monárquico de Estado, donde todo queda subordinado a una jerarquía burocrática, pero que esta vez es dirigida por un presidente electo o por un parlamento. ¿Dónde queda nuestra libertad política originaria si ahora todo se resuelve con un sello o una firma de un funcionario que no conocemos y que nunca elegimos?
Las palabras de Jackson son un recordatorio de cuál debe ser nuestra disposición para con la política, y no dejarnos engañar por los partidos y sus idiologías partidocráticas, que sólo buscan intercambiar nuestra libertad a cambio de una seguridad hoy, pero una gran incertidumbre del mañana.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Libertad y participación
Esta es una de las continuas secuelas de mi guerra personal contra el liberalismo y su descendencia. Sin embargo debo detenerme a explicar lo que quiero decir por "liberalismo", en vista de que la palabra tiene tantos usos en distintas partes de la civilización occidental que deja demasiado espacio a confusiones. Esto es importante en vista de que buena parte de mis lectores son europeos.
Cuando hablo de liberalismo no me refiero a las líneas doctrinales de partidos que en Europa prevalecen entre los llamados "partidos liberales", y que son identificados con la derecha. Por el contrario en Estados Unidos se usa la palabra liberal para hablar de las tendencias izquierdistas del partido demócrata, que se parecen más a las líneas doctrinales de los partidos socialistas europeos. La pregunta obvia es, entonces, ¿qué liberalismo? Para responder a esta pregunta debo aclarar que mi discusión no es con el liberalismo de uso común en la política de las repúblicas, sino con la tradición de pensamiento que surge dentro del movimiento de la Ilustración (siglo XVIII), cuya tendencia es progresista y se ramificó en múltiples doctrinas posteriores a partir del siglo XIX (incluyendo al socialismo), y que se conoce comúnmente como liberalismo. Ahora bien, existe el liberalismo económico que es, en principio, un invento de los ingleses. Este liberalismo a mi no me interesa, en vista de que considero a la economía una ciencia excesivamente práctica donde las líneas doctrinales son sólo demostración de ingenuidad, ignorancia y/o insensatez. Yo quiero hablar es de la tradición liberal que consigue a sus más grandes expositores en Kant y Stuart Mill. Especialmente su noción de individuo y las consecuencias individualistas de sus filosofías (denteológica en el caso de Kant y utilitarista en el caso de Mill)
Leyendo un libro de un autor italiano muy importante, Norberto Bobbio, me encontré con muchas de las equivocaciones del liberalismo a la hora de clasificar los fenómenos políticos. A mi me resulta harta ideológica toda la tradición de pensamiento liberal, en vez de ser una genuina búsqueda de comprensión de los fenómenos políticos tal cual son. Entre esas equivocaciones, la que considero más trascendental, la noción de libertad negativa que inicia Tomás Hobbes. Digo Hobbes porque es el primer gran autor en poner el centro de todo el análisis en la noción de "individuo" (noción que por lo pronto es equivocada, porque no existe tal cosa como "el individuo"). Estas nociones hobbesianas han significado muchos errores, pero los que considero más preocupantes son los que tienen consecuencias políticas. Bobbio es un buen exponente de ese liberalismo político que considera que la democracia se resume en el Estado de derecho dirigido por partidos políticos a través de la elección libre de los cargos por sufragio universal. Esta visión de la democracia la consigo muy pobre y reduccionista. Su respuesta a esta crítica es que existe una "democracia real" con la que nos tenemos que conformar y una "democracia ideal" que no es realizable en la práctica. Y si uno insiste demasiado en el argumento contrario entonces te señalan de totalitario. Todo esto me resulta desastroso en el campo de la ciencia, porque no se trata de cómo preferimos ser gobernados, sino de "qué es una democracia" y de "qué no lo es". La mayor parte de los países del mundo occidental de hoy a mi no me resultan ser tan democracias como dicen ser. ¿Por qué? Muy simple: porque la democracia resalta la soberanía de los ciudadanos comunes por encima de cualquier otra forma de estructura. En este sentido los partidos no resultan ser más que engañosas élites que poco contacto tienen con sus electores. En tal caso el señor Bobbio (quien habla en nombre de los liberales) considera que la democracia se limita a procedimientos, pues, no son nada más que reglas de juego justas que hay que seguir. Afirma que no existe una esencia de la democracia. Todo se resume a reglas de juego. Este análisis es una demostración de una incapacidad para comprender los fenómenos políticos en su objetividad. Y no es culpa del señor Bibbio, quien dentro de todo es una lumbrera de conocimiento. El no puede entenderlo de una manera más certera por un problema de carácter ideológico: que es liberal.
Ver la democracia como un asunto estrictamente de procedimiento es tener demasiada fe en lo que los americanos llaman "check and balance". Es decir, en el modelo de república ideado por Montesquieu en el cual los distintos órganos del poder soberano del Estado se van a regular mutuamente para así evitar la concentración de poder. Esto es, en principio, correcto y demostrable por la experiencia histórica de varios países (especialmente en el ejemplo de los Estados Unidos de América). Pero tal realidad no es absoluta y un análisis que se quede en los procedimientos es totalmente insuficiente para comprender los fenómenos políticos de las repúblicas democráticas. Pues, si no es así, ¿qué diantres sucedió en Venezuela, la república más estable y próspera de América Latina? A esta pregunta no pueden responder los liberales con certeza, porque su propia nube ideológica les impide ver la profundidad del problema. No compañeros, no se trata sólo de procedimientos ni de "check and balance". Por supuesto que sin estos procedimientos no puede haber ni siquiera república. Pero ellos no son suficientes para sostenerla. Y aquí es donde avanzo en el tema que a los liberales les da taquicardia. Las repúblicas se sostienen porque existe un compromiso de deberes cívicos por parte de los ciudadanos hacia la cosa pública. Eso lo llamamos, nosotros los republicanos, virtud. A ellos "virtud" les huele a totalitarismo; pero es que a los liberales todo lo que no es como ellos huele así. Si los procedimientos democráticos contemplados en la ley no vienen acompañados de un compromiso por parte de los ciudadanos comunes (no sólo de los políticos) en los asuntos de interés público, dichos procedimientos no serán más que letra muerta. Venezuela es el mejor caso de ello. Y es que la democracia sí tiene contenido, y es lo que ignora el señor Bobbio: que el contenido de la democracia es una masa crítica de ciudadanos comprometidos con sus deberes hacia la cosa pública; comprometidos en luchar contra la corrupción, en permanecer enterados, en no sólo acudir a las urnas, pero, además, mantenerse activos en la lucha por preservar esos derechos de libertad republicanos. La llamada sociedad civil: organizaciones de ciudadanos en grupos que presión por el funcionamiento correcto de los procedimientos y la perenne queja frente al abuso de poder. La participación activa en asuntos de interés público como el mejoramiento de los bienes de la república y la comunidad. A los liberales les aterra este discurso porque, de nuevo, les huele a imponer criterios ajenos a ese sagrado individuo de ellos. Pero es que si se parte de una noción tan errada como la del individuo, por supuesto que no se puede comprender el deber cívico que exige vivir en la libertad de la república.
Compañeros, hago un llamado a la reflexión política. Se cree demasiado que la política y los deberes son sólo justificables cuando representan un beneficio al individuo, como si fuera una relación comercial de compra y venta. La política no se parece en nada a la economía. En la política está el factor "poder" que es definitivo para comprender los fenómenos políticos. La política no se trata de un mercado de candidatos con los ciudadanos como demandantes. Es mucho más que eso. Se trata de experimientar la libertad originaria que hace siglos vivieron los antiguos: la alegría y pasión de participar en los asuntos públicos, y la grandeza y orgullo que devienen de dicha participación. Si estos valores no se educan en una república (como pretenden los liberales más consistentes con su propia teoría) esa libertad que se disfruta en el presente se está socavando para las futuras generaciones. La virtud no se trata de imponer nada; se trata de promover y educar los valores de civilitud que exigen la vida en libertad. Al final el hombre más consistente con sus propios principios liberales fue Tomás Hobbes, y su solución al problema fue el absolutismo. ¿En qué forma de gobierno queremos vivir?
NOTA: muchas de las ideas aquí presentadas se las debo a la poderosa influencia de Aristóteles, Maquiavelo y Hanna Arendt. Hoy en día hay una buena escuela de autores que reflexiona de manera similar entre los cuales he leído a Skinner, MacIntyre, Sandel, y yo incluyo de manera poco ortodoxa al propio Robert Dahl.
Cuando hablo de liberalismo no me refiero a las líneas doctrinales de partidos que en Europa prevalecen entre los llamados "partidos liberales", y que son identificados con la derecha. Por el contrario en Estados Unidos se usa la palabra liberal para hablar de las tendencias izquierdistas del partido demócrata, que se parecen más a las líneas doctrinales de los partidos socialistas europeos. La pregunta obvia es, entonces, ¿qué liberalismo? Para responder a esta pregunta debo aclarar que mi discusión no es con el liberalismo de uso común en la política de las repúblicas, sino con la tradición de pensamiento que surge dentro del movimiento de la Ilustración (siglo XVIII), cuya tendencia es progresista y se ramificó en múltiples doctrinas posteriores a partir del siglo XIX (incluyendo al socialismo), y que se conoce comúnmente como liberalismo. Ahora bien, existe el liberalismo económico que es, en principio, un invento de los ingleses. Este liberalismo a mi no me interesa, en vista de que considero a la economía una ciencia excesivamente práctica donde las líneas doctrinales son sólo demostración de ingenuidad, ignorancia y/o insensatez. Yo quiero hablar es de la tradición liberal que consigue a sus más grandes expositores en Kant y Stuart Mill. Especialmente su noción de individuo y las consecuencias individualistas de sus filosofías (denteológica en el caso de Kant y utilitarista en el caso de Mill)
Leyendo un libro de un autor italiano muy importante, Norberto Bobbio, me encontré con muchas de las equivocaciones del liberalismo a la hora de clasificar los fenómenos políticos. A mi me resulta harta ideológica toda la tradición de pensamiento liberal, en vez de ser una genuina búsqueda de comprensión de los fenómenos políticos tal cual son. Entre esas equivocaciones, la que considero más trascendental, la noción de libertad negativa que inicia Tomás Hobbes. Digo Hobbes porque es el primer gran autor en poner el centro de todo el análisis en la noción de "individuo" (noción que por lo pronto es equivocada, porque no existe tal cosa como "el individuo"). Estas nociones hobbesianas han significado muchos errores, pero los que considero más preocupantes son los que tienen consecuencias políticas. Bobbio es un buen exponente de ese liberalismo político que considera que la democracia se resume en el Estado de derecho dirigido por partidos políticos a través de la elección libre de los cargos por sufragio universal. Esta visión de la democracia la consigo muy pobre y reduccionista. Su respuesta a esta crítica es que existe una "democracia real" con la que nos tenemos que conformar y una "democracia ideal" que no es realizable en la práctica. Y si uno insiste demasiado en el argumento contrario entonces te señalan de totalitario. Todo esto me resulta desastroso en el campo de la ciencia, porque no se trata de cómo preferimos ser gobernados, sino de "qué es una democracia" y de "qué no lo es". La mayor parte de los países del mundo occidental de hoy a mi no me resultan ser tan democracias como dicen ser. ¿Por qué? Muy simple: porque la democracia resalta la soberanía de los ciudadanos comunes por encima de cualquier otra forma de estructura. En este sentido los partidos no resultan ser más que engañosas élites que poco contacto tienen con sus electores. En tal caso el señor Bobbio (quien habla en nombre de los liberales) considera que la democracia se limita a procedimientos, pues, no son nada más que reglas de juego justas que hay que seguir. Afirma que no existe una esencia de la democracia. Todo se resume a reglas de juego. Este análisis es una demostración de una incapacidad para comprender los fenómenos políticos en su objetividad. Y no es culpa del señor Bibbio, quien dentro de todo es una lumbrera de conocimiento. El no puede entenderlo de una manera más certera por un problema de carácter ideológico: que es liberal.
Ver la democracia como un asunto estrictamente de procedimiento es tener demasiada fe en lo que los americanos llaman "check and balance". Es decir, en el modelo de república ideado por Montesquieu en el cual los distintos órganos del poder soberano del Estado se van a regular mutuamente para así evitar la concentración de poder. Esto es, en principio, correcto y demostrable por la experiencia histórica de varios países (especialmente en el ejemplo de los Estados Unidos de América). Pero tal realidad no es absoluta y un análisis que se quede en los procedimientos es totalmente insuficiente para comprender los fenómenos políticos de las repúblicas democráticas. Pues, si no es así, ¿qué diantres sucedió en Venezuela, la república más estable y próspera de América Latina? A esta pregunta no pueden responder los liberales con certeza, porque su propia nube ideológica les impide ver la profundidad del problema. No compañeros, no se trata sólo de procedimientos ni de "check and balance". Por supuesto que sin estos procedimientos no puede haber ni siquiera república. Pero ellos no son suficientes para sostenerla. Y aquí es donde avanzo en el tema que a los liberales les da taquicardia. Las repúblicas se sostienen porque existe un compromiso de deberes cívicos por parte de los ciudadanos hacia la cosa pública. Eso lo llamamos, nosotros los republicanos, virtud. A ellos "virtud" les huele a totalitarismo; pero es que a los liberales todo lo que no es como ellos huele así. Si los procedimientos democráticos contemplados en la ley no vienen acompañados de un compromiso por parte de los ciudadanos comunes (no sólo de los políticos) en los asuntos de interés público, dichos procedimientos no serán más que letra muerta. Venezuela es el mejor caso de ello. Y es que la democracia sí tiene contenido, y es lo que ignora el señor Bobbio: que el contenido de la democracia es una masa crítica de ciudadanos comprometidos con sus deberes hacia la cosa pública; comprometidos en luchar contra la corrupción, en permanecer enterados, en no sólo acudir a las urnas, pero, además, mantenerse activos en la lucha por preservar esos derechos de libertad republicanos. La llamada sociedad civil: organizaciones de ciudadanos en grupos que presión por el funcionamiento correcto de los procedimientos y la perenne queja frente al abuso de poder. La participación activa en asuntos de interés público como el mejoramiento de los bienes de la república y la comunidad. A los liberales les aterra este discurso porque, de nuevo, les huele a imponer criterios ajenos a ese sagrado individuo de ellos. Pero es que si se parte de una noción tan errada como la del individuo, por supuesto que no se puede comprender el deber cívico que exige vivir en la libertad de la república.
Compañeros, hago un llamado a la reflexión política. Se cree demasiado que la política y los deberes son sólo justificables cuando representan un beneficio al individuo, como si fuera una relación comercial de compra y venta. La política no se parece en nada a la economía. En la política está el factor "poder" que es definitivo para comprender los fenómenos políticos. La política no se trata de un mercado de candidatos con los ciudadanos como demandantes. Es mucho más que eso. Se trata de experimientar la libertad originaria que hace siglos vivieron los antiguos: la alegría y pasión de participar en los asuntos públicos, y la grandeza y orgullo que devienen de dicha participación. Si estos valores no se educan en una república (como pretenden los liberales más consistentes con su propia teoría) esa libertad que se disfruta en el presente se está socavando para las futuras generaciones. La virtud no se trata de imponer nada; se trata de promover y educar los valores de civilitud que exigen la vida en libertad. Al final el hombre más consistente con sus propios principios liberales fue Tomás Hobbes, y su solución al problema fue el absolutismo. ¿En qué forma de gobierno queremos vivir?
NOTA: muchas de las ideas aquí presentadas se las debo a la poderosa influencia de Aristóteles, Maquiavelo y Hanna Arendt. Hoy en día hay una buena escuela de autores que reflexiona de manera similar entre los cuales he leído a Skinner, MacIntyre, Sandel, y yo incluyo de manera poco ortodoxa al propio Robert Dahl.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Reflexiones sobre el republicanismo
Si de republicanismo y ciudadanía queremos hablar, no podemos comenzar por ningún otro lugar que no sea en los autores clásicos, especialmente en Roma. Y es por ello que traigo a colación una frase que recientemente leí en Tito Livio, y que, de alguna manera, resume el grueso de la teoría republicana desde Maquiavelo hasta nuestros días.
Delegados de Locros se presentan ante el Senado Romano a protestar por las actitudes del legado militar Pleminio, dejado a cargo de la guarnición por Cornelio Escipión luego de la expulsión de dicha ciudad de los invasores cartagineses, y su representante, el más anciano, dice:
"Resulta difícil establecer cuál de las dos eventualidades es más detestable para una ciudad: cuando los enemigos la toman durante la guerra, o cuando un tirano funesto la oprime con la violencia y con las armas. Todo lo que padecen las ciudades tomadas lo hemos padecido y lo estamos padeciendo más que nunca, padres conscriptos; todas las atrocidades que cometen los más crueles e inhumanos tiranos contra los ciudadanos oprimidos las ha cometido Pleminio contra nosotros, nuestros hijos y nuestras hijas" (Tito Livio, XXIX, 17, 19)
Sé que tiendo a utilizar mucho a Livio, pero no salgo de mi impresión cada vez que pesco una de estas poderosas afirmaciones de implicaciones mucho más profundas para el debate político de lo que a primera vista se puede ver. He aquí el debate sobre la libertad y he aquí la respuesta que nos dan los antiguos. Tomás Hobbes, el filósofo inglés, es el gran enemigo de esta tradición de pensamiento. Fue su verdugo en el siglo XVII, y todavía hoy existen sus defensores.
Compañeros, la verdad es que la noción de libertad negativa, es decir, la idea de que la libertad es el margen de la voluntad para actuar de acuerdo a sí misma sin interferencias extrañas es sencillamente una gran equivocación. Y una de las más bajas de las equivocaciones de la modernidad para el conocimiento, en vista de que buena parte del pensamiento moderno liberal y de sus ramas utilitaristas se fundamenta en este terrible error. La libertad no es el reino de las inclinaciones y su realización. No es en el individuo donde la libertad se encuentra. Es en la comunidad política, y es que la libertad es un fenómeno netamente político, no individual. La libertad se disfruta públicamente, no en el espacio privado. Cuando un semejante, cuando una persona igual a ti es oprimida, maltratada, vejada, esclavizada, eso también representa un acto de violación de tú persona, porque la libertad de nuestros semejantes, compañeros en la ciudadanía, es también nuestra libertad como personas. Por eso la idea liberal de vivir libres en nuestros hogares sin interferencia del Estado no es más que un prejuicio burgués.
Dos son los enemigos de la libertad tanto de una comunidad como de la persona en su individualidad. Los tiranos y las potencias extranjeras. No se es libre cuando se tiene a algunos como dueños. No se es libre cuando en tú país, aunque disfrutes de amplia licencia para hacer lo que la voluntad te dicte (como en Venezuela), está gobernado por un grupo de sujetos que a voluntad te pueden oprimir. Rescato del liberalismo su intención republicana, la idea de la ley como contención a la arbitrariedad, no para proteger los derechos de un individuo que no existe, sino para prohibir bajo cualquier circunstancia una relación de dominación donde unos se conviertan en dueños de otros. ¿Y qué es un tirano si no el amo de un país de esclavos? La libertad se trata de no tener dueño, por más pataletas que den los libertarios seguidores de Hobbes. No se trata de amplios márgenes de realización de la voluntad. Eso es una ficción; ya lo demostró así Kant. Se trata de compartir un país con semejantes a los cuales llamar ciudadanos porque ninguno es propiedad de la voluntad de nadie más. Y es a este principio al que debemos apelar.
Delegados de Locros se presentan ante el Senado Romano a protestar por las actitudes del legado militar Pleminio, dejado a cargo de la guarnición por Cornelio Escipión luego de la expulsión de dicha ciudad de los invasores cartagineses, y su representante, el más anciano, dice:
"Resulta difícil establecer cuál de las dos eventualidades es más detestable para una ciudad: cuando los enemigos la toman durante la guerra, o cuando un tirano funesto la oprime con la violencia y con las armas. Todo lo que padecen las ciudades tomadas lo hemos padecido y lo estamos padeciendo más que nunca, padres conscriptos; todas las atrocidades que cometen los más crueles e inhumanos tiranos contra los ciudadanos oprimidos las ha cometido Pleminio contra nosotros, nuestros hijos y nuestras hijas" (Tito Livio, XXIX, 17, 19)
Sé que tiendo a utilizar mucho a Livio, pero no salgo de mi impresión cada vez que pesco una de estas poderosas afirmaciones de implicaciones mucho más profundas para el debate político de lo que a primera vista se puede ver. He aquí el debate sobre la libertad y he aquí la respuesta que nos dan los antiguos. Tomás Hobbes, el filósofo inglés, es el gran enemigo de esta tradición de pensamiento. Fue su verdugo en el siglo XVII, y todavía hoy existen sus defensores.
Compañeros, la verdad es que la noción de libertad negativa, es decir, la idea de que la libertad es el margen de la voluntad para actuar de acuerdo a sí misma sin interferencias extrañas es sencillamente una gran equivocación. Y una de las más bajas de las equivocaciones de la modernidad para el conocimiento, en vista de que buena parte del pensamiento moderno liberal y de sus ramas utilitaristas se fundamenta en este terrible error. La libertad no es el reino de las inclinaciones y su realización. No es en el individuo donde la libertad se encuentra. Es en la comunidad política, y es que la libertad es un fenómeno netamente político, no individual. La libertad se disfruta públicamente, no en el espacio privado. Cuando un semejante, cuando una persona igual a ti es oprimida, maltratada, vejada, esclavizada, eso también representa un acto de violación de tú persona, porque la libertad de nuestros semejantes, compañeros en la ciudadanía, es también nuestra libertad como personas. Por eso la idea liberal de vivir libres en nuestros hogares sin interferencia del Estado no es más que un prejuicio burgués.
Dos son los enemigos de la libertad tanto de una comunidad como de la persona en su individualidad. Los tiranos y las potencias extranjeras. No se es libre cuando se tiene a algunos como dueños. No se es libre cuando en tú país, aunque disfrutes de amplia licencia para hacer lo que la voluntad te dicte (como en Venezuela), está gobernado por un grupo de sujetos que a voluntad te pueden oprimir. Rescato del liberalismo su intención republicana, la idea de la ley como contención a la arbitrariedad, no para proteger los derechos de un individuo que no existe, sino para prohibir bajo cualquier circunstancia una relación de dominación donde unos se conviertan en dueños de otros. ¿Y qué es un tirano si no el amo de un país de esclavos? La libertad se trata de no tener dueño, por más pataletas que den los libertarios seguidores de Hobbes. No se trata de amplios márgenes de realización de la voluntad. Eso es una ficción; ya lo demostró así Kant. Se trata de compartir un país con semejantes a los cuales llamar ciudadanos porque ninguno es propiedad de la voluntad de nadie más. Y es a este principio al que debemos apelar.
sábado, 12 de septiembre de 2009
Tito Livio nos habla del pueblo de Roma de la siguiente manera:
"Si existiera una ciudad de sabios como, más que conocer, imaginan los filósofos, yo, la verdad, no creo que pudieran constituirla ni unos notables más ponderados y menos dominados por la ambición de poder ni una masa con mejor conducta. Francamente, que una centuria de jóvenes haya querido consultar a los mayores a quien confiar el mando con su voto, parece algo casi increíble en estos tiempos en que incluso la autoridad de los padres carece de valor y de peso ante los hijos." (XXVI:22:14)
"Si existiera una ciudad de sabios como, más que conocer, imaginan los filósofos, yo, la verdad, no creo que pudieran constituirla ni unos notables más ponderados y menos dominados por la ambición de poder ni una masa con mejor conducta. Francamente, que una centuria de jóvenes haya querido consultar a los mayores a quien confiar el mando con su voto, parece algo casi increíble en estos tiempos en que incluso la autoridad de los padres carece de valor y de peso ante los hijos." (XXVI:22:14)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
