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martes, 30 de marzo de 2010

Wagner, la voz del espíritu


Dentro de todo, los grandes artistas tienden a ser unos excéntricos. Lo menciono a propósito de uno de mis músicos preferidos y, sin duda, uno de los personajes más extravagantes del siglo XIX alemán: Richard Wagner. No solo por ser demasiado famoso, pues, desde adolescente siempre me gustaron sus tonos y sus temas. La épica alcanza sus últimas consecuencias en la música de Wagner, autor que no le gusta a todo el mundo. En parte debe ser por que es demasiado alemán, y nosotros tendemos a estar acostumbrados a los cánones musicales italianos, más armoniosos y delicados. Por el contrario, Wagner es un rebelde, un alemán que lleva la música a las composiciones más monumentales, y a los temas más desproporcionados. Es, quizá, la desproporción de la música de Wagner lo que la hace más grandiosa.

Hasta hace unos meses estaba descontento porque las únicas piezas de Wagner que tenía disponible eran las versiones orquestadas de los momentos más famosos de su opera. Yo quería su opera. Algo me decía que, lo que era ya grandioso en las piezas orquestadas, en la opera iba a ser sencillamente espectacular. Y de hecho lo es. Una opera de Wagner es espíritu humano crudo elevado a su condición más sublime. Es impresionante, fascinante. Son tres las operas que estoy escuchando: Taanhäuser, la historia de un trovador medieval que se enamora de la diosa Venus; La Valkiria, leyenda antiquísima de cómo una conmovida hija de los dioses salva a un amor prohibido por el destino; y Parsifal, la última de las óperas de Wagner, sobre la solemne historia de la orden caballeresca del Santo Grial y las ambiciones de un rey maldito. Me encantaría avanzar sobre las próximas, pero no es nada fácil cuando cada una de estas obras alcanza fácilmente las tres horas y media. ¿No les había dicho que era monumental? La ópera no es fácil. No a todo el mundo le gusta. A mí tampoco me gustaba. No es tanto algo de gusto, es más un descubrimiento, alcanzar la capacidad para disfrutar una música tan maravillosa. Sin embargo, admito que la ópera de Wagner no es de las más fáciles, y que es sugerible comenzar con autores más amigables como Verdi o Puccini. Yo me quedo con Wagner.

Existe todo un prejuicio, bastante absurdo por lo demás, de que la música de Wagner es inspiradora del nacional socialismo, y que por tal hay que evitarla como perversa en algún punto. Nada más estúpido que pensar esto. Es cierto, la música puede ser utilizada con fines políticos, y también es cierto que la música de Wagner despierta sentimientos poderosos y a veces agresivos, pero es insensato tener tal prejuicio cuando la política se puede hacer de cualquier elemento, sin discriminar, para sus propios fines, y cuando el arte, por lo general, desde Goya hasta Cameron, tienen contenidos poderosos y agresivos. La experiencia estética no debe ser menospreciada por fenómenos sociales, por más indeseables que estos puedan ser. Los artistas pueden estar personalmente comprometidos con proyectos o ideas políticas cuestionables. Wagner era particularmente racista, pero Jacques-Louis David era colaborador del bonapartismo, Miguel Angel trabajó para Alejandro VI Borgia, Karajan fue nazi, Picasso era comunista bolchevique y Sean Penn hoy es chavista. Aquí es cuando uno comprende que la obra de arte trasciende al autor; se convierte en algo más. La opinión de que la actitudes de un autor son motivo para desacreditar su obra es una insensatez. Yo me quedo con Wagner, un músico universal que despierta las más grandiosas y fuertes emociones.

domingo, 31 de enero de 2010

Ana Karenina y Tchaikovsky


Como muchos deben saber, Tolstói es uno de los escritores más célebres de la literatura rusa. Hace unos meses en una feria de libros usados me encontraba ante la ambivalencia de no saber qué libro escoger de entre todos los tesoros que allí se encontraban, y el dinero no me alcanzaba para más de uno. Entre una biografía de Stalin, la Filosofía del Derecho de Hegel, todas las Vidas Paralelas de Plutarco, y otros títulos cuyo nombre no recuerdo, hasta que decidí correr el riesgo de comprar a un autor que hasta entonces no había leído (pero cuya fama es universal). Compré Ana Karenina de León Tolstói, y debió haber sido, sin duda, mi ángel de la guarda quien me llevó a leer esta novela. De Tolstói sólo conocía La Guerra y la Paz, pero luego de comprado el libro me tomé la molestia de investiga un poco, y resulta ser que Ana Karenina es una de las novelas más grandes de la literatura universal. Ahora que la llevo bien avanzada puedo afirmar con plena convicción que de hecho esta es una obra maestra. Hay algo en la literatura rusa de especial que la hace más grandiosa que todas las demás (o al menos la equipara al nivel de los grandes como Dante, Cervantes, Shakespeare y Goethe).

Si hay una novela que logra expresar a la perfección el significado de la palabra "belleza" y todo lo que ella implica, esa es Ana Karenina. Por su tono y su estilo, lo que podría ser nada más que una novela romanticona como las hay por montón, es más bien una historia contada con un talento y una sensibilidad por lo hermoso que deja al lector impresionado. Al menos yo he quedado así, pues, como no soy un estudioso de las letras, pero procuro avanzar en la literatura universal, no logro comprender qué es lo que hay en la forma de escribir de Tolstói, pero una magia inexplicable hay detrás de todo ello. Quizá lo que más me ha llamado la atención es el contraste que existe con mi autor predilecto de la literatura, Fedor Dostoyevski (otro ruso) cuya estética es radicalmente opuesta. Tolstói cuenta las historias en las grandes cortes, entre princesas, funcionarios respetados y grandes y hermosos palacios. Los detalles tan precisos que adornan la estética son tan perfectos que la vida hermosa de estas personas es admirable. En Ana Karenina todo es bello. Por el contrario Dostoyevski es el escritor de los pobres, de los liciados, los alcohólicos, los obsesivos, los antisociales, los tuberculosos. Aquéllos sujetos llenos de defectos de carácter y de cuerpo, cargados de vicios, pero al mismo tiempo tan encantadores, lo que es la magia de Dostoyevski (conciliar lo feo con lo encantador). Los dos fueron contemporáneos, y mientras el eslavofilo de Dostoyevski escribía sobre las injusticias de Rusia, el anarquista de Tolstói describía la belleza de la alta sociedad. Qué interesante, ¿no?

Para concluir esta nota traigo a colación la conexión que tiendo a hacer entre literatura y música. Como antes hablé de Dostoyevski y su paralelo en la música de Sergei Rachmaninov, he encontrado la similitud precisa entre nuestro autor del momento León Tolstói y el monumental Piotr Tchaikovky. Al igual que Tolstói, la obra de Tchaikovsky es de grandeza, belleza y perfección. La que es mi sinfonía preferida de Tchaikovsky, la quinta (a diferencia de la opinión común que exalta la sexta) es la espectacular danza entre Ana Karenina y su amante Vronski. El drama del adulterio, la frustración del rechazo, la angustia de la separación; esos son los temas de Ana Karenina. Y consigo su correlato musical en las grandiosas y bellas sinfonías de Tchaikovsky.

En todo caso, es León Tolstói un autor que no puede ser ignorado, y Ana Karenina una de sus más grandes novelas. Pasa a ser una de mis sugerencias predilectas.